30 noviembre 2007

10 cosas que aprendí sobre escribir

Aprendí bastante sobre lo que significa escribir este mes que se termina. (1) Escribir no es un arte. Tampoco puede calificarse de un oficio. Es más bien como barrer la calle o desazolvar una cañería. Es algo que se hace sólo cuando no se tiene otra opción. (2) A diferencia de barrer o desazolvar, es endiabladamente difícil.

(3) Harold Bloom se hizo famoso al hablar de la angustia de las influencias. La influencia más pesada, la más difícil de desechar, es la influencia de uno mismo. (4) Escribir es una pelea constante con uno mismo. (5) Esa pelea no se puede ganar.

(6) A nadie le importa que escribas. De hecho, no lo entienden. La idea de sentarse frente a una computadora y sentarse a hilar una frase tras otra les resulta completamente ajena. (7) Resulta más fácil escribir a contracorriente, cuando no se tiene tiempo para ello. (8) Afortunadamente, esa es la única forma de escribir.

(9) Mientras estoy escribiendo, mientras estoy escribiendo de verdad, nada existe, ni mis manos en el teclado, ni la pantalla del ordenador, ni el sonido de la calle. Si el infierno es la ausencia de Dios, escribir es el infierno. (10) Escribir es estar sólo. Escribir es la soledad. Escribir es el cero absoluto. Duele. No vale la pena. En definitiva, no vale la pena. No me sorprende que a nadie le importe, porque en realidad es un acto inútil. No hay palabras, en verdad, para decir lo odioso que resulta escribir.

No me gusta escribir, como tampoco me gusta barrer la calle, desazolvar la cañería del baño o mantener en orden mi estudio. Lo hago porque no me queda de otra.

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Estoy escuchando: Kenji Kawaii - Nine Sisters
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18 noviembre 2007

Al mal paso...

La novela va. Mientras voy escribiendo, me doy cuenta de que muchas cosas que he dejado atrás las quisiera cambiar: el orden, los nombres de algunos personajes, algunos datos o frases. Me contengo y sigo escribiendo.

El Nanowrimo tiene sorpresas muy agradables. Ayer se envío a los participantes un discurso de aliento de Neil Gaiman:

You write. That's the hard bit that nobody sees. You write on the good days and you write on the lousy days. Like a shark, you have to keep moving forward or you die. Writing may or may not be your salvation; it might or might not be your destiny. But that does not matter. What matters right now are the words, one after another. Find the next word. Write it down. Repeat. Repeat. Repeat.
El escritor es un tiburón buscando sangre. Esa idea me gusta. Pero lo que verdaderamente me motiva a seguir, gracias a su honestidad, fueron las palabras de Sara Gruen, quien envió lo siguiente a los participantes:

I can do this. WE can do this. However far behind you are, take comfort in knowing that there is somebody else out there in the same boat, and look for that next fun scene. And then the next. And if that doesn't work, set someone on fire. In your book, of course.

See you in the winner's circle.
Por cierto, ¿mencioné que mi novela me está empezando a gustar?

P.S: Perdón a los no bilingües por no traducir. Si alguien se anima, puede traducir las citas en los comentarios.

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Estoy escuchando: Armens - Longtemps
via FoxyTunes

15 noviembre 2007

Tan cerca, tan lejos



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Estoy escuchando:
Merzhin - Poussières
via FoxyTunes Abajo, decía que el bloqueo del escritor no es otra cosa que el ego del escritor. Apenas lo escribí se me olvidó. Como resultado estoy muy, muy retrasado en la novela. Pero no estoy dispuesto a rendirme todavía. Va a ser una locura, pero voy a sacar esas 50,000 palabras para fin de mes. Con un buen plan de trabajo, puedo recuperar el tiempo perdido y ponerme al parejo.

¿De que trata la novela? Un escritor de historias de terror desaparece. Su único rastro es un teléfono móvil, que aparece en circunstancias misteriosas en el departamento de un estudiante de física. A partir de esta circunstancia, el estudiante decide hacerse pasar por él, al menos entre la gente que sólo lo conoce por internet, mientras trata de averiguar su paradero.

Cualquier opinión, crítica, sugerencia o reclamo resultaría de mucha ayuda en este momento.

12 noviembre 2007

Rascacielos, de J. G. Ballard



La mejor ganga del año, compré Rascacielos de J. G. Ballard por treinta pesos mexicanos (unos tres dólares) en los saldos de la librería Ghandi. Los libros de J. G. Ballard suelen acomodarse en la sección de ciencia ficción, pero Rascacielos corresponde a la etapa tardía de este escritor, en la que abandona toda pretensión de lo fantástico, para describir un tema recurrente: la enajenación de la lumpenburgesía.

Su obra más famosa de este periodo es la autobiográfica El imperio del sol, llevada con gran éxito a la pantalla por Steven Spielberg, pero sin duda la más controversial es Crash, un alucinante viaje por las carreteras que rodean al aeropuerto de Londres, donde un culto de aficionados a los choques automovilísticos se enfrasca en juegos mortales mientras su líder sueña con morir en una colisión con la actriz Elizabeth Taylor. La obra se hizo aún mas popular gracias a la película homónima dirgida por David Cronenberg, que fue juzgada tan lasciva e inmoral que el magnate Ted Turner tomó como proyecto personal impedir la comercialización de la cinta.

Si Rascacielos (High Rise, 1975) no ha sido llevado a la pantalla grande, se debe quizá a que no hay ningún director se quiera arriesgar a soportar el duro ataque que recibió Crash. El libro cuenta la historia de un lujoso y moderno edificio de departamentos habitado por grises y exitosos profesionistas. Tras la misteriosa muerte de un joyero, las tensiones del edificio ponen a los inquilinos en tensión, lo que los divide inmediatamente en tres bandos de acuerdo a la altura del piso en el que viven. Los habitantes del edificio comienzan a luchar entre ellos por el control de las piscinas, los víveres y los ascensores hasta degenerar completamente en una sociedad tribal.

Decir que en esta obra Ballard demuestra la degradación y el declive de la sociedad contemporánea resulta trivial. La fuerza de Ballard radica en el carácter hipnótico de su prosa; en la manera en que logra revelar el carácter interno de sus personajes de una manera animal, casi mítica de manera que al final del libro nos resulte perfectamente creíble que el protagonista consulte en un libro de cocina la mejor manera de preparar al perro de su vecino . Rascacielos no es una lectura agradable, pero resulta una excelente lectura.

09 noviembre 2007

Más sueños

1. Ayer soñé otra vez con Borges. Jugábamos ajedrez y discutíamos sobre H. P. Lovecraft. Al menos, yo discutía sobre H. P. Lovecraft, pero Borges me hablaba de Chesterton y comparaba el final de El hombre que fue Jueves con la revelación última de En las montañas de la locura. Borges se veía muy cansado. Estaba fumando un habano o más bien junto a él había un cenicero con un habano encendido que no se extinguía nunca. Detrás de Borges había un enorme espejo, pero en ese espejo sólo se reflejaba el sillón de respaldo alto donde estaba sentado Borges, el cenicero, el habano y la mesa de ajedrez. Quizá el espejo era en realidad una pintura.

2. De niño, solía soñar con los cuentos de Lovecraft. No había leído aún a Lovecraft, pero soñaba con sus cuentos. Ya había leído a Poe, pero no a Lovecraft. Creo que en realidad no eran los cuentos de Lovecraft, sino sus sueños, los que yo soñaba. Los sueños estaban desgastados por las orillas, estaban granulosos y difuminados, como sueños que ya han sido usados muchas veces. Quizá eran los sueños de Poe, que habían sido después soñados por Lovecraft. Lo cierto en que de esos sueños todavía recuerdo una frase extraña, que tiempo después le recitaría a Borges en otro sueño: En su mansión de R'lyeh, Cthulhu muerto aguarda dormido.

3. En el espejo del sueño con Borges hay una puerta pintada. Cuando le pregunto por ella al viejo - en el sueño Borges es muy viejo-, él se ríe y me recita unas líneas de Quevedo:

¡Oh muerte, cuánto mengua en tu medida
la gloria mentirosa de la vida!

El viejo Borges tose un poco mientras recita. Entiendo pronto la naturaleza de esa risa y me estremezco. Borges parece olvidar de pronto el tema y comienza a hablar sobre la naturaleza de las pesadillas. Después, algo alarmado, me pregunta la hora. Es muy tarde.

06 noviembre 2007

Adios a la página en blanco


Hugo Hiriart dijo que no existe tal cosa como el bloque de escritor. Lo que se suele llamar bloqueo del escritor no eso otra cosa sino el ego del escritor que se reusa a escribir algo que no le parece lo suficientemente bueno. Escribe y luego corrige. Cualquiera puede escribir y corregir después.

El ejercicio de escribir contra reloj te libera de muchas de las preocupaciones de la escritura. Hace cinco días no había nada, pero de pronto comienza a aparecer una historia, unos personajes y una situación. No vale la pena ponerse a pensar si es una buena historia o buenos personajes. Sólo hay que escribirla, hacer que avance, sin cesar.

Voy 5000 palabras detrás de lo que debería de ir en este momento. Espero cerrar distancias pronto.

05 noviembre 2007

Recursos humanos

Acabo de enterarme, por el blog de la redacción de Letras Libres, que Antonio Ortuño terminó finalista en el Premio Herralde de Novela 2007 por Recursos humanos. Ortuño es de los consentidos de esta memoria electrónica, como podrán recordar los lectores de su primera novela, El buscador de cabezas. Mis mas sentidas felicitaciones a Antonio Ortuño, de quien no me cabe la menor duda se merece ese reconocimiento y va para cosas mejores. La Teoría del Caos espera con ansias leer esta nueva novela, que aparecerá pronto en Anagrama.

Según Alvaro Enrigue:

Recursos humanos cuenta la subida de un solo hombre –un miliciano de sí mismo– por el escalafón de una empresa editorial. Están las lamentables intrigas y alianzas de siempre, la grilla que todos hemos padecido e infligido, pero también ese recurso que llamó de inmediato la atención sobre Ortuño: la poética de la exageración. ¿Cuál es la diferencia entre ponerle una zancadilla al jefe directo para quedarse con su silla y reventarle la oficina con una bomba casera? Según el autor, la cuestión es sólo de grado. Este relatar la subida de un solitario convencido de su propio programa le permitió a Ortuño apuntalar mejor su escritura en un tono reflexivo y brutal –la gramática de lo ominoso–, muy eficaz durante la lectura e inquietante durante la maduración de lo leído.