31 diciembre 2009

Hay que prohibir que se haga otra FIL (mejor, hay que abolir la muerte)

El 30 de noviembre murió Milorad Pavić. Ahora, sumido en un espantoso desvelo me entero apenas que el 29 de noviembre falleció Robert Holdstock.

Mierda.

No es justo.

Quisiera decir, como con Pavić, que nos encontraremos en sueños o más bien que le esperaré a las orillas de Lavondyss , pero no puedo. Chimal tenía razón al decir que se ha muerto una parte deslumbrante de la imaginación del mundo. Y en un par de días.

Ahora sí, que se acabe el 2009.

23 diciembre 2009

¿Qué hace a un cuento?, 1

En el blog de Federico Escobar se ha abierto una pequeña polémica en torno al premio Juan Rulfo 2009, otorgado por Radio Francia International. El premio lo obtuvo el argentino Mariano Pereyra Esteban por «El metro llano», con la novedad de que la organización ha puesto disponible el cuento ganador para su descarga. (Huelga decir que sería un buen momento para leerlo antes de seguir leyendo.) La nota expresa su extrañeza a que dicho texto haya ganado el premio. En los comentarios del blog el autor del cuento responde a los cuestionamientos de manera bastante mesurada y acertada, a mi parecer. Gracias a esta actitud es posible entender que por sobre las reticencias de Escobar se encuentran visiones opuestas de lo que debería ser un cuento. Dice Escobar:

Ahora, sí creo que el cuento pretendía ser humorístico, tanto como pretendía ser artificioso en el lenguaje. Creo que cualquiera que lea el cuento estaría de acuerdo con que está escrito en un registro humorístico; cuando dije que el texto pretendía ser gracioso, me refería a eso. Las razones para lo segundo (para el lenguaje alambicado) las explicaste en tu comentario al apuntar hacia el contexto científico de la competencia. Y es verdad que ese contexto explica el lenguaje que utilizaste. Pero creo que es una instancia de lo que se llama la falacia mimética; en palabras de Eagleton, esta falacia ocurre cuando los autores “intentan justificar el hecho de que sus obras sean desorganizadas o […] aburridoras diciendo que se tratan precisamente del desorden o del aburrimiento” (How to Read a Poem, p. 112). Creo que pudiste haber escrito un texto grácil y ágil, aunque estuviera poblado con científicos gruñones y agrios (un solo ejemplo de esto: Saturday, de McEwan, que destella con un lenguaje lírico y poderoso, si bien el narrador es un neurocirujano… y a pesar de ello, el texto no parece inverosímil, excepto tal vez para una amiga cirujana que lo leyó).

En últimas, tenés toda la razón sobre algo que señalaste: yo no hablo por todos los lectores de tu cuento. Ni mucho menos pretendo hacerlo. Ya podrás verlo en este blog, en el que he propuesto varios análisis literarios desde nada distinto a mi perspectiva. Tal vez donde formulé más claramente mi posición frente a esa subjetividad fue al inicio de una breve reseña que publicaron en HermanoCerdo: “No es fácil decidir si un libro es realmente bueno, y es sencillamente ingenuo pensar que cualquier decisión sobre la calidad de un libro, aunque venga de Harold Bloom o de Jonathan Culler, será válida para otras personas o para otras épocas. Por muy razonada que sea mi decisión, es posible que me haya gustado un libro sobre —no sé— Nueva Orleans, porque me trae gratos recuerdos de cuando viví en Nueva Orleans, mientras al resto de la gente le parece insoportable. Y nada garantiza que lo que más aprecio en la literatura (unas descripciones muy bien construidas, por ejemplo, o un uso suculento y sorpresivo del lenguaje) siga siendo considerado un criterio sensato de juicio dentro de unos años”.
Pereyra responde:

Tus opiniones son de una enorme ayuda, aunque no comparta muchas. Me gustó la cita de Terry Eagleton, aunque tengo razones para no sentirme abarcado en su descripción. Jamás justificaría a ninguna de mis obras. Creo que el "método de composición" es solo una genialidad mentirosa de Poe. En definitiva, puedo discutir sobre aspectos del cuento, pero jamás imponer una explicación. Sería grave tener que elaborar un meta - cuento sobre cada cuento. En fin, el cuento, expuesto, es propiedad del lector

***

Llegué hasta la polémica por el blog de Hermano Cerdo, donde Daniel Espartaco, en una nota llamada «El cuento es Bambi», descalifica al cuento ganador por una serie de razones que no dejan de ser representativas del catastrófico estado de las jóvenes letras mexicanas: a saber, que el texto tiene faltas de ortografía y que ¡oh, pecado de pecados! incurre en el apolillado recurso de la adjetivación. De paso lo acusa de frivolidad, pero se la disculpa achacando dicha frivolidad al influjo de Borges, Cortázar y García Márquez. Para rematar, se enarbola en la consigna realista de que el cuento debe "mostrar una dimensión perdurable y auténtica de lo humano". ¿Dónde he leído eso antes?

Nunca he compartido la superioridad de aquellos que detentan la ortografía como un valor moral y, si acaso, «El metro llano» tal como se presenta es una confirmación de que los errores tipográficos están sobrevaluados. Cierto, cuando el texto se publique habrá que corregir los acentos, las haches que sobran o faltan y las comas mal colocadas, pero son al fin y al cabo errores triviales que no afectan en nada a la comprensión del texto. Peor me parece que estos errores sirvan como argumento para medir la calidad de un texto. Conocer las reglas de ortografía al dedillo no es motivo de orgullo ni de superioridad. La postura de Daniel Espartaco, decir que el también incurre en errores ortográficos, pero nunca tantos, no tiene mayor sustento. Hay que superar esa obsesión de colegial por la ortografía.

Lo mismo podría decir de la adjetivación. Espartaco aisla en su nota a los sustantivos con sus adjetivos y así, sueltos, parecen ridículos. Dentro del cuento funcionan. Decir que "son de mal gusto y cuya estridencia en verdad no aporta nada a la experiencia sensorial del lector" me provoca algo de roña. Aquí estamos, en pleno siglo XXI, defendiendo el buen gusto y la eufonía en todas las manifestaciones del arte. No vaya a ser que nos encontremos con una palabra grosera durante la lectura de un cuento, que haga que las damas se desvanezcan y nos impida discutir el relato cuando bebamos el té en casa del embajador. En el cuento perfecto habría que desterrar los adjetivos y los adverbios, según Espartaco (a Carpentier se los perdonamos porque el si sabía usarlos). Propongo que se siga con los artículos, en pro de la igualdad de géneros, y sigamos con los pronombres, que de todas formas casi nunca se usan correctamente. (El otro argumento de Espartaco contra los adjetivos, que imitar el estilo de la crónica deportiva no tiene cabida dentro de la "literatura de autor" ni debería ser considerado en un concurso, es tan ridículo que sólo le dedico este paréntesis.)

Dice Daniel Espartaco que "la literatura debería ser invención, imaginación". Hasta ahí vamos de acuerdo. Pero él mismo argumenta en contra de la invención y la imaginación. De acuerdo a su nota, literatura es escribir «máquina» con acento, evitar el uso del «inifinito» como adjetivo, conocer el buen gusto y evitar la crónica deportiva. Como se llega de ahí a la imaginación o a una «visión perdurable de lo humano» es un misterio. Qué hay una oposición entre un cuento fantástico y uno que hable de esa manida «condición humana» es también una enorme falacia. Pensar que la visión de «El metro llano» no tiene nada de sensible u honesta no es algo que en ningún momento se sustente en la crítica y a leer el cuento tampoco es algo cercano a la realidad. Por programa o por dogma: porque los cuentos fantásticos (y latinoamericanos) son de un modo y los buenos cuentos son de otro, Espartaco concluye que el cuento es un juguete y no tiene relevancia. De momento prefiero, como propone el autor, dejar el juicio en manos de un lector que, con algo de suerte, no llegará a su lectura con tantos prejuicios.

22 diciembre 2009

En la Minicon

Foto: El Hino


El domingo estuve todo el día en la Segunda Minicon Comikaze, que organizamos entre Ediciones Uno de Tres, Comikaze y Badabing Comics. Debido a que por causas de fuerza mayor Rodolfo JM no llegó a dar la conferencia sobre ciencia ficción, me tuve que transformar en improvisado conferencista. De paso nos llevamos sólo media hora en la conferencia, con lo que ajustamos los horarios del evento, que empezó una media hora tarde. Al parecer, a todo el mundo le gustó aunque no tenía ni idea de que iba a decir.

La transición a Internet, los formatos digitales y el webcomic fueron los puntos más comentados durante el evento. Los comiqueros tienen las cosas mucho más claras que los editores tradicionales, pero eso no evita que el asunto todavía se mencione con dosis de asombro y temor entre todos los involucrados. Para los artistas y editores de cómics, de todas formas, su mejor conocimiento del medio y de sus expectativas avisa un pequeño repunte del noveno arte en México en los años por venir.

17 diciembre 2009

Providence, de Juan Francisco Ferré


(Nota: Debido a la longitud de esta reseña, aquellos interesados pueden descargarla directamente en PDF, apaisado, ya sea para imprimirse o leerse en pantalla. Los que prefieran confiar en su navegador, pueden leer el texto completo seleccionando el vínculo «Leer más».)

The Stars Are Right

Si nos hiciésemos opinión de un autor a partir de lo que se escribe sobre su obra, al leer las reseñas de las dos últimas novelas de Thomas Pynchon uno pensaría que ha quedado completamente superado. Michiko Kakutani calificó a Inherent Vice de «Pynchon Lite», mientras que James Wood aseveró, sobre Against the Day, que casi todas las alabanzas que recibió la novela son políticas y no literarias, en un libro que es prácticamente imposible disfrutar. De la misma forma, la legión de reseñistas que llevaron a cabo la titánica tarea de leer las 1300 páginas de Against the Day en dos semanas parecen estar de acuerdo en algo: Pynchon estaba bien para 1975, cuando sus maestros los hicieron sufrir con la lectura de Gravity's Rainbow, pero no tiene mucha relevancia en el siglo veintiuno. Sus novelas son demasiado densas, complicadas y sus personajes no nos hablan con profundidad de la condición humana. Son —hay que decirlo con todas sus letras— novelas demasiado experimentales. A propósito de Against the Day, Wood señala:

Uno de los problemas del realismo histérico, del cual esta novela es una excéntrica guía, es que sufre de ambos, la histeria y el realismo: lo peor de los dos mundos. Ahí está el exceso superfluo, las imposibilidades, el aburrimiento que siempre acompaña a la actividad novelística inauténtica y caricaturesca. Pero también está presente el aburrimiento del realismo directo y convencional utilizado para escapar de ese mismo realismo.

El término «realismo histérico», acuñado por el crítico inglés a propósito de una novela de Zadie Smith, es una suma de muchas de las críticas que se han hecho contra la novela posmoderna, y lo mismo incluye a Pynchon que a Salman Rushdie, Jonathan Franzen, David Foster Wallace, Don De Lillo, Dave Eggers y Jonathan Safran Foer. (Aunque nadie se ha molestado en hacer una nómina de realistas histéricos mexicanos, no costaría mucho meter en esta canasta a Daniel Sada, Juan Villoro, Fernando del Paso, Ignacio Padilla y, si mucho me apuran, a Mario Bellatin.) Hablamos de novelas enormes y ambiciosas que, a decir de Wood, carecen de lo humano. El autor de How Fiction Works parece decirnos que la novela posmoderna es un perro enfermo (un perro que cita a Dickens y tiene un doctorado en física cuántica) y lo mejor que podríamos hacer es acabar con su miseria.


15 diciembre 2009

Preludio a Providence

Como toda novela del siglo veintiuno que se respete, Providence tiene varios guiños y referencias a House of Leaves:


La casa se me antoja un laberinto desmesurado a juzgar por los rodeos que me veo obligado a dar sin poder encontrar la salida. Tengo la paradójica sensación, producto quizás de mi contrariado estado de ánimo, de que esta casa parece mayor vista desde dentro que desde fuera. Quizás no sólo lo parezca, quizás exista, como efecto del ilusionismo arquitectónico con que fue diseñada y construida, una alucinante desproporción entre el inerior y el exterior del edificio.

14 diciembre 2009

LA FIL: Lo que no se vio en Hermano Cerdo, 2

(La cobertura de HC a la FIL, en su blog)

Urbi et orbi



Si algo me dejó sorprendido es el carácter provinciano del mercado editorial en México (ya lo sabía, pero me gusta hacerme el sorprendido). Sí, es una feria internacional porque lo mismo hay eventos de poesía austriaca que bailes africanos, pero una feria internacional del libro no es. Para muestra, la larga lista de libros que Luis Panini no pudo encontrar en la FIL. ¿Dónde estaban los libros de Agustín Fernández Mallo, de Sergio Chejfec, de Fogwill o de Mario Levrero? Como dice Luis, "los encargados de los stands le dicen a uno que esos libros no se los traen porque nadie tiene interés por leer a esos autores desconocidos." Como dice mi abuela, "cada quien cuenta cómo le fue en la feria".

Mención aparte se lleva Anagrama, que salvo por un par de títulos (imperdonables) que nunca he visto en México, siempre se preocupa por tener disponibles en el país a todos los autores de su catálogo. No obstante su distribuidor, Colofón, parece no enterarse de la mina de oro que tiene en el catálogo de Candaya. Luego, contra la lógica de los grandes grupos, Random House, Santillana y Planeta, no hay mucho que hacer: hay que apostar porque a nadie en México le interesa leer a autores extranjeros sin importar cuantos elogios críticos y buenos números de venta tengan en otras latitudes. La trilogía Nocilla de Fernández Mallo sería un éxito enorme entre los jóvenes urbanos, una pequeña Rayuela, y Sergio Chejfec tiene ya un público cautivo: el mismo que lee a Vila-Matas y a Sebald. Lo que es lo mismo, sin problemas rebasan la barrera de los 5000 ejemplares, al menos.

Los grandes grupos son tan miopes que no supieron aprovechar que el National Endowment for the Arts (NEA) de los Estados Unidos pagó porque muchos de los autores de su catálogo fueran a la FIL, sin que ellos tuvieran que meter dinero de por medio, y no se les ocurrió llevar sus libros a la venta. Desde Salvador Plascencia y Jerry Stahl hasta Kim Stanley Robinson, Larry Niven y Jane Smiley, sus editoriales nunca se enteraron de que los escritores estaban ahí. Y no hablemos de los autores angelinos que no están traducidos al español. Si me hubiera llegado otro mensaje preguntando por qué no estaba House of Leaves a la venta en el stand de Los Ángeles me vuelvo chango.

Salvo por la videoconferencia con Ray Bradbury, los eventos literarios de Los Ángeles fueron poco publicitados, poco atendidos y muy poco comentados. (Los eventos musicales, todo lo contrario, como cabe esperar en toda feria del libro que se precie.) Los norteamericanos llevaron sus propios presentadores, moderadores y en varios casos notables, a su propia audiencia. David Kipen, Director de Literatura del NEA es el mejor moderador que he visto en mi vida y parece haber leído todos los libros existentes, pero eso no evita preguntarse por qué nunca se buscó establecer un diálogo entre los angelinos y sus contrapartes mexicanas. Da la impresión, de nuevo, que lo que se escribe en Los Ángeles no interesa, no puede interesarle, a un público mexicano. De todas formas, si estaban ahí Bernardo Fernández y Alberto Chimal, ¿por qué no sentarlos en la misma mesa con Larry Niven y Kim Stanley Robinson?

En años pasados, si el invitado era Cataluña, en los meses siguientes uno podía ver invadidas las mesas de novedades con autores catalanes; si era Quebec, de ediciones bilingües de poesía; si era Perú, de novelistas peruanos. Este año, sospecho, no va a pasar lo mismo con Los Ángeles o al menos no en la misma escala. Sin embargo, platicando con algunos de los miembros de la delegación norteamericana —ventajas de que nadie los conozca, se puede poner uno a platicar a gusto con ellos—, no me sorprendería que sucediera lo contrario. Ya sea porque estén fascinados con el mito de Bolaño, con el narcotráfico o por pura seducción cultural, no me extrañaría que desde Los Ángeles se diera un pequeño boom de literatura mexicana en Estados Unidos. En especial, los norteamericanos se sintieron fascinados por los libros de Almadía y Sexto Piso. También, hay que repetirlo, se sintieron fascinados porque en Guadalajara los escritores son las estrellas del show.

12 diciembre 2009

LA FIL: Lo que no se vio en Hermano Cerdo, 1


(La cobertura de HC a la FIL, en su blog)


Las demasiadas ferias


A propósito de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en el blog de Letras Libres José Israel Carranza escribió en una nota llamada "Las varias ferias":

Es claro que en realidad son varias ferias las que tienen lugar simultáneamente, y que son recíprocamente indiferentes. Una es la que hacen quienes tienen en Expo Guadalajara el espacio para sus comercios [...] Otra feria es la protagonizada por los Autores [que] también comprende los cocteles y las fiestas a donde éstos acuden, a veces en compañía de los Profesionales o donde incluso condescienden a rozarse con la Prensa —que tiene su feria aparte [...] Y, por último, está la feria del Público en General: una masa ingente que sólo por accidente o por distracción tiene acceso a las otras ferias, y que atesta los pasillos [...].


Dada esa indiferencia, resulta muy claro que sólo un puñado de imbéciles, entre los que me cuento, intenta ir a todas las ferias al mismo tiempo. El resultado es por momentos chusco, desastroso o gratificante (y eso que por salud mental esta vez sólo traía colgado un gafete). Charlar por momentos rápidos con algunos conocidos Profesionales, encontrarse con Autores amigos o de los que soy fanático, explicarle a los Periodistas perdidos que ese tipo al que persiguen las cámaras es José Emilio Pacheco o pelearse con el Público en General para abrirse paso en el stand de Random House fueron constantes en mi actividad diaria en la FIL. Y lo que Israel señala es muy cierto: sólo se mezclan por accidente o distracción. Creo que faltaron por mencionar dos ferias: la de los Académicos, donde hubo encuentros muy respetables, y la de la Delegación de Los Ángeles, que se montaron para todos propósitos una feria aparte.

Si uno no se confunde y no cree que va a otra cosa, es decir, si va uno a cualquiera de las ferias señaladas, la FIL es todo un éxito. Aunque según me cuentan, los cocteles no tuvieron el lustre de otros años, y se echaron en falta algunos de los figurones habituales de ediciones pasadas, la feria va. Pero si uno se confunde y va a otra cosa, es un desastre. Nadie espera, en realidad, que se trate de un evento cultural o un evento político, aunque en esta edición, la FIL se haya vuelto una pasarela de políticos que van a darse un baño cultural o a hacerse los cultos. Es un estupendo lugar para hacer contactos o renovarlos, encontrar nuevas posiblidades laborales o de negocios, algunas buenas ofertas y también un estupendo lugar para encontrar buenas fiestas. Pero si uno quiere acercarse a la literatura de José Emilio Pacheco, puede ahorrarse los veinte pesos de la entrada y mejor comprarse algún libro suyo (yo soy parcial a Morirás lejos y Los elementos de la noche).

09 diciembre 2009

De mis lecturas actuales y otros laberintos



El problema de pasar una semana a la Feria Internacional del Libro a Guadalajara son dos: incluso sin dinero se regresa con demasiados libros (23) y el mundo sigue su curso mientras uno se la pasa en una burbuja de conferencias, chismes, libros y editoriales. Diría también que cocteles, pero como no bebo, esos me los brinqué. El caso es que después de pasar revista a todos los libros que traje de Guadalajara, reduje a cinco la lista de posibles lecturas inmediatas, y luego a dos: Providence de Juan Francisco Ferré y El sueño no es un refugio sino un arma de Geney Beltrán Felix. El segundo es un librillo de ensayos críticos que hasta el momento voy picoteando con gusto. Providence, por su parte, es una enorme novela en toda la extensión de la palabra. Como lector, siento un extraño hormigueo en el estómago en cada página que pasa. Son muy contados los libros que me han causado esa sensación en los últimos cinco años: House of Leaves, 2666, Austerlitz... Así que sin muchas ganas de quemar el libro ante sus posibles lectores, sospecho que estoy leyendo una obra maestra, uno de esos libros condenados a formar parte de la historia de la literatura. Lo que si es seguro es que si tienen los cerca de 400 pesos que cuesta la novela (descuento incluido) no tienen nada mejor que hacer que ir a comprarla y leerla. Nada. En serio. Vayan a comprarla.

La otra cosa a la que me dedico estos días es a transcribir los 29 minutos de entrevista que tengo grabados con Mark Z. Danielewski. Hace cinco años, me llegó House of Leaves por correo, un día antes de salir hacía la FIL y la leí la semana de la feria, por las noches, en un espantoso hotel en el centro de Guadalajara. Cinco años después conocí a su autor en la misma feria, algo que me parecía prácticamente imposible mientras la leía. No me deja de parecer asombroso el paralelo. Hace unos meses le comentaba a Regina Swain lo imponente que resulta encontrarse con un escritor y descubrir que la persona es tan grande como sus libros. Sin duda, esta vez volvió a pasar lo mismo.

Hablando de la FIL, hay mucho de qué quejarse sobre la feria, pero eso tendrá que esperar a una próxima entrada, menos feliz que ésta.

08 diciembre 2009

La Tempestad #69, Estéticas de la catástrofe y "Héroes" de nuestro tiempo

Ya sé que esto comienza a parecer tablero de anuncios, pero qué quieren, las revistas tienen esa mala costumbre de salir a inicios de mes. El número 69 de La Tempestad ya está a la venta en los lugares acostumbrados, e incluye un dossier llamado "«Héroes» de nuestro tiempo", donde contribuyo con un texto sobre los clones. El dossier central, "Estéticas de la catástrofe" es muy bueno. La Tempestad 69 se puede leer en línea.

07 diciembre 2009

Mauricio Salvador me acaba de avisar que ya está en línea la sección "Fraguas" de la revista Tierra Adentro 160 (PDF).

En ella se puede leer el texto "El síndrome de Golo" de Ignacio Sánchez Prado, que mencioné en mi nota De la generación de los setenta. Con algo de suerte, eso quiere decir su contenido tendrá mayor exposición y podrá ser comentado como se merece. A las tres personas interesadas en la literatura mexicana reciente, las conmino a leer el texto.

También, para los curiosos, en esa misma sección aparece un texto crítico de su servidor acerca de Vacío perfecto, uno de esos grandes libros de Stanisław Lem, que acaba de ser reeditado en Ipedimenta. Disfruté mucho escribiendo esa reseña, porque siempre es más divertido escribir sobre un libro que te gusta mucho que sobre uno que a duras penas acabaste de leer. Este libro de Lem es grande, pero para no repetirme, los invito a leer el texto para enterarse de por qué.
Felicidades a El lamento de Portnoy por sus cinco años cumplidos.

01 diciembre 2009

Para los que no lo saben, en el blog de Hermano Cerdo aparece la cobertura de la revista a la FIL de Guadalajara. Nos leemos por allá.