30 septiembre 2010

The Nonfiction Curse

No short stories or poems
No fiction, no novels
I've got the nonfiction curse.

No Stevens or Borges,
No Shakespeare or Tolkien,
I've got the nonfiction curse.

Continua mi incapacidad para leer ficción. Salvo por unos cuantos cuentos (y en particular un delicioso libro de cuentos del cual tengo, digamos, algo parecido a un ARC) no puedo leer ficción. Tengo C de Tom McCarthy y Super Sad True Love Story de Gary Shteyngart, que muero por leer, en el Reader, y no logro pasar de la segunda página.

En vez de eso, estoy leyendo Extra Lives: Why Video Games Matter de Tom Bissell (gracias, Mauricio) y lo estoy disfrutando como enano en dulcería. Es extraño, porque en realidad nunca he sido un gran videojugador. Sólo hay dos juegos a los que vuelvo una y otra vez: Final Fantasy III y Earthbound. Puedo jugar Rock Band por horas, aunque ya casi no lo hago, pero es un asunto aparte. La mayoría de los juegos de los que habla Bissell no los he jugado, sino que me he sentado a ver a mis amigos jugarlos. Jugar videojuegos me aburre profundamente. Quizá por eso disfruto tanto como Bissell habla de lo estúpido que es Fallout 3 o de lo tontos que son los diálogos de Resident Evil.

Sin embargo, lo que más me interesa de Extra Lives es cómo Bissell ve la evolución de los videojuegos, en términos de experiencia de juego y posibilidades estéticas, porque el diseño de juegos es algo que siempre me ha interesado mucho. ¿Por qué importan los videojuegos? Todavía no lo sé, porque voy al 30% del libro, pero estoy disfrutando mucho averiguarlo.

28 septiembre 2010

Momentos antes del viento


El arte de perdurar
Hugo Hiriart
Oaxaca: Almadía, 2010
El último grito de la moda en la crítica literaria lumpen —aquella que se ejerce sobretodo en los comentarios de los blogs y de los periódicos en línea, y que sobrepasa ya en número a su habitat natural de la charla de café entre letraheridos— consiste en sacar una bola de cristal y decretar que "nadie hablará de este libro dentro de un año". En esto la crítica lumpen se puede comparar con ese otro género profético popular, la llegada del fin del mundo. Si al año siguiente resulta que el maldito libro todavía recibe reseñas y comentarios críticos, siempre le queda al augur la posibilidad de aducir que su profecía erró por margen de un año, pero que el próximo seguro se cumplirá. Mientras la vida y el mundo nos alcancen, siempre existirá la posibilidad de vaticinar el olvido.

Ítaca, de C.P. Cavafis


Cuando salgas en el viaje, hacia Ítaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.
Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.
Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.

23 septiembre 2010

21 septiembre 2010

La Tempestad 74

Ya puede leerse en línea La Tempestad 74, que con este número estrena diseño. El nuevo diseño es más serio y sobrio, más cuadrado, digamos. Es algo curioso, porque con el rediseño de la revista Tierra Adentro, ahora las dos se parecen bastante en lo gráfico.

Como ya se va haciendo costumbre, traduzco el resumen del Festival de Aviñon 2010 de Jean-Louis Fabiani. Hay una muy buena reseña de Inception escrita por Nicolas Cabral, Guillermo Nuñez reseña Los demonios de Heimito Von Doderer —y los que seguimos su blog sabemos que le ha tomado un buen rato leer tremendo ladrillo—. El Dossier central, "Artistas del disenso" se ve interesante pero le dan ganas a uno de disentir —la entrevista con Eduardo Milan me queda corta para el disenso poético, por ejemplo—. Habrá que leerlo con calma en papel. Quizá el cambio mas notorio del rediseño es que la sección "Cuaderno para invenciones" ya no es azul blueprint, sino color crema, y se ve amplio que en números anteriores. En la Agenda hay un interesante texto de Abel Muñoz sobre por qué no vemos —me incluyo— cine mexicano.

Una sola me desconcierta: en la Actualidad del cine, hay una reseña de Año bisiesto del mexicano Michael Rowe, con la que obtuvo la Cámara de Oro en el pasado Festival de Cannes. Es una reseña bastante negativa, sobre lo cual no puedo opinar porque no he visto la cinta. Pero me llama la atención que la reseña sea una traducción del francés, tomada de la revista Positif, que entre otras cosas llama al cineasta "director de teatro australiano afincado en México". Si en teoría la película se estrena en México en septiembre, ¿por qué no esperar para que la reseñe uno de los colaboradores de la revista?

20 septiembre 2010

Leer en el metro

Hace algunos años, alguien tuvo la excelente idea de empezar a vender libros en el metro de la Ciudad de México. Alguien tuvo la espantosa idea, también, de regalar libritos con lo peor de la literatura escrita por mexicanos en el metro, pero esta nota no es sobre esta pésima idea, sino de lo excelente que resultó vender libros en el metro, porque los libros que se venden en el metro (a) no son novedades, sino clásicos y saldos y por lo mismo (b) son muy baratos. Por veinte pesos, algo menos de dos dólares, puedes leer una novela de misterio o un romance, mientras viajas en el metro.

Ahora bien, la gente que viaja en el metro se divide en tres: la que lleva un libro para leer durante el viaje, la que lleva un reproductor de música —estos se subdividen entre los que escuchan música desde su teléfono y los que llevan un iPod— y la gente que se arrepiente de no llevar nada que hacer. Hay otro grupo en el metro, que no viaja sino que trabaja ahí: los vendedores ambulantes. De entre los vendedores ambulantes, hay una plaga de reciente aparición, la de aquellos que venden discos con música pirata que reproducen de una mochila con bocina integrada, 10 segundos por canción, mientras van de vagón en vagón. Venden de todo: clásicos del rock, cumbias, rancheras, música cristiana, infantil, celta, tangos y la novena de Bethoveen.

No venden mucho y a diez pesos por disco, se diría que consiguen muy poco. Pero lo que siempre consiguen es que la gente los odie, por una razón muy sencilla, que ya se habrá adivinado y es que la música, 10 segundos por canción, se reproduce a todo volumen, para que incluso todos aquellos que llevan audífonos en los oídos, especialmente aquellos que llevan los audífonos en los oídos tengan que escucharlos.

Así, a la feliz coincidencia de que en el metro pueden comprarse libros muy baratos y a que ponerse audífonos es inútil, cada vez va más gente leyendo en el metro. La mayoría son bestsellers, lo cual no me extraña en lo absoluto. El libro perfecto para leer en el metro es uno que capture tu atención al grado que sus páginas te absorban. De pronto ya no vas de Camarones a Mixcoac sino que estás en un tren de Alejandría al Cairo, persiguiendo el secreto de una momia que ha vuelto ha la vida. Claro, el vagón es ruidoso, con todos esos espías europeos y los mercaderes árabes que tratan de venderte alfombras, pero no debes dejar que el ruido te distraiga, no sea que la Secta del Ojo Luminoso trate de envenenar tu café mientras miras por la ventana al grupo de beduinos que saluda emocionado al tren desde sus camellos.

Mientras los que tratan de escuchar música en el metro son vencidos por la estridencia de los primeros 10 segundos de las mejores 50 cumbias del recuerdo, el lector del metro está en otra parte. Pueden asaltar tus oídos, pueden aplastarte dos horas al día, pero no pueden robarte la imaginación. Así, los lectores del metro se multiplican.

La semana pasada me sorprendió ver a un chico en uniforme de secundaria oficial leyendo Paradiso en la terminal de la línea 9 en Tacubaya. Había mucha gente en el andén y el tren tardaba en llegar. En frente de las escaleras de acceso, dos vendedores ofrecían a gritos mueganos, chocolates, duvalines, mazapanes, galletas, cazuelitas de tamarindo y palomitas enchiladas. Afuera llovía y la lluvia caía en cascada por los respiraderos hasta el suelo de la estación. El chico estaba recargado en la pared, ignorando a la gente que casi lo pisaba conforme el andén se iba llenando. Finalmente llego el metro y conseguí a penas subirme al vagón metiendo los codos para que las puertas no cerraran antes de que pudiera entrar. Aplastado contra el vidrio de la puerta, me volteé y vi que el chico seguía ahí, sentado contra la pared, pasando la página.

19 septiembre 2010

El día en que fuimos nación

¿(En) qué estás leyendo?

En Cetrería, Guillermo Nuñez reproduce el artículo ¿(En) qué estás leyendo? con el cual colaboró en el número más reciente de la revista Tierra Adentro, como parte de un dossier llamado "El futuro de la lectura. Reflexiones en torno al libro electrónico". Ironía de ironías, el dossier sobre el libro electrónico solo puede consultarse en papel. La semana pasada leí el dossier mientras esperaba mesa para pasar al bufet de Liverpool. Aprovecho que Guillermo comparte su artículo en línea (lo que implica que las cosas no salieron como estaban planeadas) para comentar un par de cosas. Así que vayan, lean el artículo de Guillermo, y luego vuelvan. O quédense leyendo Cetrería, que siempre es más interesante que esta memoria. O vayan a leer el blog de Ivan Thays, que para gustos los colores.

***

¿De vuelta? Bien. Estoy completamente en contra de la idea que plantea Guillermo:
¿Por qué estamos tan apurados por la plataforma en la que se presentan? ¿Realmente altera la tinta electrónica los hábitos de lectura a un grado que la experiencia retinal de leer palabras en una plataforma u otra sea completamente distinta?

Guillermo concluye que estamos perdiendo el tiempo en discutir "si un modelo de martillo tiene mejor agarradera". Ahora, yo paso un buen tiempo de mi día discutiendo sobre las agarraderas de los martillos: ¿Quién es mejor quarterback, Joe Montana o Peyton Manning? ¿Qué es mejor, tirar un dado de veinte caras o dos dados de diez? ¿Quién ganaría en una lucha en lodo entre Vin Diesel y Dwayne Johnson? Espero que lo anterior sea suficiente para mostrar mi maestría sobre tema bizantinos. Creo que puedo identificar uno cuando lo veo. Y el tema del libro electrónico no va de las agarraderas de los martillos.

Tengo en mi Sony Reader 60 libros. Podría tener más, pero ya de por sí se me hace ridículo cargar 60 libros cuando a lo mucho leo dos o tres a la vez (ese problema es nuevo, pero lo dejo para otra ocasión). Entre esos libros leídos o medio leer están The Particular Sadness of Lemon Cake de Aimee Bender, Freedom de Jonathan Franzen y Born to Run de Christopher McDougall. Al final de su artículo, Guillermo propone:

La sed de conocimiento pero, sobre todo, el ansia por suplir esta necesidad, es algo que en realidad está destinado a un puñado de personas. Que ese puñado de personas, invito ahora, se ponga a leer. ¿En qué medio? El que sea, francamente.
Pero yo no puedo leer esos libros en otra cosa que no sea mi Sony Reader. El medio no me da igual, porque si no me meto a Internet a hacerme de esos libros, quizá nunca los iba a leer, ya sea porque nunca iban a llegar a México, porque el costo de importarlos los sacaría de mi rango de precios. The Raw Shark Texts de Stephen Hall llevaba años en mi wishlist de Amazon, pero hasta que no apareció a un click de distancia no me resultó accesible.

Al menos en mi caso, debo agregar, la experiencia retiniana de leer una novela en la pantalla del ordenador es algo que no quiero repetir. Lo hice una vez: para leer Eclipse de Stephanie Mayer el mismo día que salió (benditos piratas). No fue nada agradable para mis ojos y gracias a la tinta electrónica, no tengo que volver a pasar por esa experiencia nunca más. ¿En que más cambia la experiencia retinal la tinta electrónica? Puedo poner el tamaño de la letra que quiera. En lo personal, implica que puedo leer con comodidad sin lentes o en el camión. Pero para ciertos lectores, ese tamaño de letra es la diferencia entre poder leer y no poder leer nada.

Sí, los libros están hechos de ideas. Las ideas no pesan mucho por sí mismas, pero una copia de Infinte Jest de David Foster Wallace tiene cinco centímetros de grosor y pesa un kilo y doscientos gramos. Un Kindle pesa 250 gramos y tiene 9 milímetros de grueso. ¿Cuál te llevas para leer en el camión? Quizá sea que soy una del reducido número de personas que se preocupa por la materialidad de cómo recibe su dosis de ideas, pero creo que no es sólo eso. Más bien creo que soy del reducido grupo de personas que se preocupa por recibir la dosis de ideas que quiere (y necesita), ese grupo al que Guillermo hace mención es el último párrafo. Si los múltiples defectos de los libros de papel hacen que no las reciba, voy a buscar un medio que sí me las entregue.

"¿Por qué estamos tan apurados por la plataforma en la que se presentan?" Porque si no nos apura, el futuro de los libros va a ser mucho peor que el presente.

16 septiembre 2010

Leyendo

He tenido unos meses duros con la ficción. Mi dieta de novelas se ha reducido visiblemente desde la lectura de Reality Hunger de David Shields. No porque me haya creído la extraña premisa del libro, pero así ha pasado. Leo algunos cuentos no sin gran esfuerzo, cuentos que se sienten más largos que novelas. Trato de comenzar Freedom pero me quedo dormido. Trato de leer a Levrero y diez páginas después me doy cuenta de que no me enterado de nada de lo que dice. (Pasa lo mismo con la televisión, parece, me toma 2 horas ver un capítulo de 40 minutos porque me distraen otras cosas.)

En cambio, ayer abrí Eating the Dinosaur the Chuck Closterman y disfruté como enano los dos primeros ensayos. A saber: una larga disquisición sobre por qué contestamos a las entrevistas, entrevistas a entrevistadores incluidas, y otro llamado "Oh, the Guilt" que relaciona In Utero de Nirvana con David Koresh y el último capítulo de la tercera temporada de Lost. Todavía me quedan muchos ensayos, así que me voy a leer un rato.

15 septiembre 2010

Nuevo Danielewski



Todos pensábamos que algo importante iba a pasar cuando Danielewski se quitó la barba. Como es posible confirmar en esta nueva entrevista con MZD en el sitio de Chuck Palahniuk, la perdida de la barba confirma el críptico y misterioso anuncio de la nueva novela:

Later this month publishers will receive the first 5 volumes of Mark Z. Danielewski's 27 volume project entitled THE FAMILIAR.

The story concerns a 12 year old girl who finds a kitten . . .


¿Qué va a pasar? ¿En qué está pensando MZD esta vez?

08 septiembre 2010

Leyendo

Acabo de leer Enigma de Antoni Casas Ros. De Li Cio Sa. Me hacía falta leer una novela así, aunque se haya perdido un poco el final (los que la hayan leído entenderán de que hablo). Me llama la atención, que aunque me ha gustado mucho y la he leído casi de un tirón, no me apetece escribir sobre ella.

¿Qué es lo que me mueve a escribir sobre un libro?

Entrevista a Mark Z. Danielewski

En Hermano Cerdo, la revista de los campeones, ya está en línea la entrevista que Manuel y yo le hicimos a MZD en diciembre.

07 septiembre 2010

06 septiembre 2010

Literatura mexicana circa 2010

Se ha vuelto frecuente, cuando asisto a la presentación de un libro, leo la cuarta o la reseña de una nueva obra, escuchar o leer que es “un acontecimiento literario”, “una renovación del género” o “un hito en la literatura mexicana”. Si el que lanza el elogio está un poco emocionado o es amigo del autor, no dudará de calificar el libro de “obra maestra”. Cabe suponer que estas expresiones provienen de dos razones distintas: o bien no son más que un malhadado esfuerzo de mercadotecnia por vender más libros o bien quienes escriben esas frases en verdad creen que cada nuevo libro es “único en su tipo”, “poseedor una fuerza inusitada” o “una bocanada de aire fresco”. Como lector, no obstante, me encuentro con una realidad muy diferente a lo que prometen las contratapas, las reseñas, las presentaciones editoriales. Lo habitual de este tipo de expresiones me ha vuelto un poco insensible a las mismas, cuando no me parecen abiertamente sospechosas.

Ante está observación empírica, cabría pensar que en pleno 2010 la literatura mexicana se encuentra en un estado de estancamiento o en lento declive. Sin embargo, me rehúso a pensar que es tan sencillo declarar el fracaso y vale la pena dar al menos un vistazo al verdadero estado de las cosas. Si la literatura siempre ha sido un terreno fértil para sublevación, para llamar al cambio, para levantarse contra la opresión y la injusticia, entonces las letras que hayan perdido esa capacidad no merecen llamarse literatura.

Para seguir adelante, quiero aclarar que por literatura mexicana no entiendo a un conjunto de escritores que se apegan o no a una cierta tradición, sino a todo el sistema que hace a esos escritores posibles: a las editoriales que los publican, a las librerías y bibliotecas que ponen al alcance del público toda la literatura que se lee en el país, a los críticos y académicos que comentan sus obras, y a los lectores que son los que finalmente disfrutan y aprovechan (o sufren) la labor de los demás elementos de este sistema. Partiendo de esta premisa, ¿qué tan rebelde es la literatura mexicana? ¿Contra que se rebela?

Los creadores viven tiempos complicados. Un sistema de becas gubernamentales deficiente y que encasilla a los creadores por género, las mafias culturales y las dificultades para difundir su obra son algunos de los problemas más habituales a los que se enfrentan. Con Jorge Volpi e Ignacio Padilla, los mejores escritores del grupo del Crack, se anunciaba una de las pequeñas revoluciones de la literatura mexicana: el abandono del tema estrictamente nacional, de “lo mexicano” como único tema válido de la literatura mexicana. A pesar de ello, en los últimos años hemos encontrado nuevos moldes donde dejar que adormezca la obra: la literatura del narcotráfico y el nihilismo punk. Ambas corrientes nacen de una necesidad de dar voz a una realidad que no puede evadirse: la violencia y el letargo moral que trae con sigo la violencia. Pero estas formas de rebelión, al final, no alcanzan y terminan por volverse una apología de aquello mismo contra lo que combatían. No obstante, el escritor genial siempre tendrá una chispa que incomoda, sin importar la tendencia a la que se acerque. Un puñado de rebeldes: Daniel Sada, Cristina Rivera Garza, Alberto Chimal, Yuri Herrera, Álvaro Enrigue, Antonio Ortuño, Carlos Velázquez. La lista completa sería demasiado larga y a la vez no sería suficiente.

Otra pequeña rebelión de los creadores literarios, una pequeña victoria, es que cada vez es menos importante haber nacido o radicar en la Ciudad de México para entrar en la discusión de la literatura. Hay, sin embargo, mucho camino por recorrer. El sur del país sigue mal representado en las letras y las mujeres también lo están. A mi parecer, esto se debe a la desigualdad social y económica de nuestro país, que por fuerza va a tener un reflejo en sus artistas. Afortunadamente, estás rebeliones ya se están peleando —cuesta arriba, pero peleando al fin y al cabo— y no me extrañaría que en diez años empecemos a ver las primeras victorias.

Las editoriales mexicanas han hecho un excelente trabajo para rebelarse contra el estado de las cosas. Frente a un mercado dominado por editoriales españolas y grupos transnacionales, las editoriales mexicanas independientes han mostrado que desde México es posible crear libros de calidad, que se buscan en todo el mundo. Contra la pereza, ineficiencia y desidia de las enormes editoriales auspiciadas por el Estado, Sexto Piso, Almadía, Tumbona, Arlequín y Taller Ditoria, entre otras, no sólo han cambiado la percepción de que los mejores libros vienen de fuera, sino que han enriquecido el panorama literario mexicano con obras, nacionales o extranjeras, que enriquecen la discusión cultural.

Las librerías mexicanas, por el contrario, son lo más lejano de la rebeldía y lo más cercano al status quo en todo el sistema. Dominadas sobre todo por gente que opina que es lo mismo vender libros que vender zapatos (no que una cosa sea más importante que la otra), las librerías mexicanas presentan poca variedad, precios elevados y un claro favoritismo por ciertas editoriales. Conseguir un libro que no se haya editado en México es una odisea, e incluso si el libro se ha editado en México, pero por una editorial pequeña o universitaria, localizarlo puede ser un verdadero via crucis. No es posible, ciertamente, echar toda la culpa a las librerías de esta situación. Toda la cadena de distribución del libro lleva su parte en este estado. Pero lo cierto es que las librerías han hecho poco por cambiarla. Esto sin contar la enorme cantidad de poblaciones donde las librerías son solo una leyenda. La falta de acceso a los libros sólo contribuye al adormecimiento literario.

Por su parte, la crítica académica en México, hay que decirlo claramente, es de una calidad intachable. Operando en muchos casos con un décimo de los recursos con los que contarían en otra parte del mundo, los académicos mexicanos presentan investigaciones notables y relevantes en sus campos de estudio. Sin embargo, se les ha criticado con fuerza por mantenerse alejados del quehacer literario actual y en esto hay mucho de cierto. No hay muchos espacios para nuevas metodologías y menos aún para el estudio de nuevos autores. Por la parte de la crítica literaria, mucho ruido se ha hecho por la perdida de espacios en publicaciones periódicas. Pero los críticos no se rinden. Algunos, como Rafael Lemus o Braulio Peralta, se comportan como verdaderos rebeldes. Ellos saben bien que la labor del crítico es agitar conciencias y crear polémica, y consiguen justamente eso en cada uno de sus artículos.

He dejado al final a los lectores. Pero no hay que engañarnos, no hay literatura que sobreviva sin ellos. Homero ha tenido mucho éxito sin publicar una nueva obra en milenios, ¿pero que sería de él sin lectores? De acuerdo a los datos de la Encuesta Nacional de Lectura de 2006, sólo un diez por ciento de la población consume literatura con cierta frecuencia. Del otro lado está el 8% de la población que no sabe leer ni escribir. Para el resto de la población, la literatura no es más que algo sobre lo que había que estudiar en la escuela. Así las cosas, ¿qué tan abiertos podrían estar a nuevos valores y formas de expresión literaria? ¿Qué tan dispuestos a tomar parte de esta rebeldía? Aquí es donde todo el sistema de la literatura mexicana falla, donde sus ánimos de cambio no le alcanzan. Aún no hemos podido comunicar éste, el mayor acto de rebeldía: la literatura. Contra la planificación de los gustos, contra la uniformidad de opiniones y de textos: elegir un novela y leer. Contra la violencia, contra la opresión, contra la inseguridad: creer fervientemente que dentro de ese poema hay algo verdaderamente valioso para nuestra vida. Si la literatura mexicana quiere ser rebelde, verdaderamente rebelde, hay que comenzar por los lectores o morir en el intento.

05 septiembre 2010

Un monde parfait



La route est dure, elle est sinueuse, la route est pleine d'embuches,
Elle n'est pas sûre, elle est tortueuse, alors des fois je trébuche.

03 septiembre 2010

Mainstream & Slipstream (EFP, 2)

Por lo general, cuando un reseñista dice «descubrir a un nuevo autor» lo que verdaderamente hace no es otra cosa que cumplir con el ritual de dar prioridad a un libro publicado por una editorial de gran alcance —con la única particularidad de que el autor es joven—. Esta realidad determina la concepción como escena unitaria en la que todo está a la vista y las únicas expresiones de la diferencia son excentricidades sin relevancia.
[...]
En un país [España] en que se habla con naturalidad de escena independiente a propósito de la música, el cine o las artes plásticas, se hace cada vez más preciso hablar con especificidad de una literatura independiente de autores, temáticas y públicos propios. Las frecuentes quejas indirgidas acerca de los demasiados libros y la ausencia de líneas mayores identificables no son sino la muestra de cierta indecisión, por parte de quienes tratamos con y de la actualidad literaria, a la hora de dividir la escena, identificar dinámicas y gustos distintos y hacer posible un tipo de lectura que cuestione las convenciones de la lectura misma.


—Eloy Fernández Porta, Afterpop

02 septiembre 2010

La otra novela

Hace seis meses terminé de escribir una novela y la guardé en un cajón. Hoy la saqué del cajón y la volví a leer. Está pésimamente escrita. ¿Qué hago? ¿Reescribo o la devuelvo al cajón? Hay algunos párrafos rescatables, no muchos. Hay unas cuantas ideas interesantes. Hay quizá un par de momentos honestos.

Pensé que lo mejor sería consultarlo con alguien, pero a penas formulé la pregunta, me di cuenta de que ya tenía respuesta. Aprendí mucho escribiendo esa novela: para empezar, que puedo escribir una novela. También aprendí a cuidar la continuidad de los detalles, a hacer que los personajes piensen, se contradigan y se traicionen. Aprendí unos cuantos trucos sobre cómo hacer que un diálogo no suene acartonado. Aprendí que por más que admire a los realistas escribir como ellos no me interesa en lo más mínimo y que es mejor fallar a lo grande que ir por un éxito mínimo.

No dudo que podría aprender aún más de reescribir, pero lo más importante que aprendí es esto: cuando una historia ya no te interesa, hay que dejarla ir. Así que la novela se va al deshuesadero y yo a escribir otras cosas.

01 septiembre 2010

Oda

Ode
Arthur William Edgar O'Shaughnessy


We are the music makers,
And we are the dreamer of dreams,
Wandering by lone sea-breakers,
And sitting by desolate streams;
World-losers and world-forsakers,
On whom the pale moon gleams:
Yet we are the movers and shakers
Of the world for ever, it seems.

With wonderful deathless ditties,
We build up the world's great cities,
And out of a fabulous story
We fashion an empire's glory:
One man with a dream, at pleasure,
Shall go forth and conquer a crown;
And three with a new song's measure
Can trample an empire down.

We, in the ages lying
In the buried past of earth,
Built Nineveh with our sighing,
And Babel itself with our mirth;
And o'erthrew them with prophesying
To the old of the new world's worth;
For each age is a dream that is dying,
Or one that is coming to birth.

A breath of our inspiration,
Is the life of each generation.
A wondrous thing of our dreaming,
Unearthly, impossible seeming-
The soldier, the king, and the peasant
Are working together in one,
Till our dream shall become their present,
And their work in the world be done.

They had no vision amazing
Of the goodly house they are raising.
They had no divine foreshowing
Of the land to which they are going:
But on one man's soul it hath broke,
A light that doth not depart
And his look, or a word he hath spoken,
Wrought flame in another man's heart.

And therefore today is thrilling,
With a past day's late fulfilling.
And the multitudes are enlisted
In the faith that their fathers resisted,
And, scorning the dream of tomorrow,
Are bringing to pass, as they may,
In the world, for it's joy or it's sorrow,
The dream that was scorned yesterday.

But we, with our dreaming and singing,
Ceaseless and sorrowless we!
The glory about us clinging
Of the glorious futures we see,
Our souls with high music ringing;
O men! It must ever be
That we dwell, in our dreaming and singing,
A little apart from ye.

For we are afar with the dawning
And the suns that are not yet high,
And out of the infinite morning
Intrepid you hear us cry-
How, spite of your human scorning,
Once more God's future draws nigh,
And already goes forth the warning
That ye of the past must die.

Great hail! we cry to the corners
From the dazzling unknown shore;
Bring us hither your sun and your summers,
And renew our world as of yore;
You shall teach us your song's new numbers,
And things that we dreamt not before;
Yea, in spite of a dreamer who slumbers,
And a singer who sings no more.