29 junio 2011

Más fines del mundo

Estoy leyendo The Passage de Justin Cronin. Después de un arranque muy lento (y de más de 200 páginas) se volvió uno de esos libros que no puedes soltar. The Passage es una novela postapocalíptica de vampiros que recuerda a ratos a Murakami de El fin del mundo, a ratos un RPG de consola y en otros ratos más a The Walking Dead. Mientras libro las últimas 400 páginas, me quedo pensando en la proliferación de apocalípsis en la literatura reciente. ¿De dónde viene el deseo de destruir el mundo?

23 junio 2011

¿Todos vamos en el metrobús, o no?


Ayer, mientras volvía en la Línea 1 del metrobús desde Francia a Nuevo León, escuché a un par de trabajadores del sistema de transporte, una policía y un encargado, de que el día de ayer habían golpeado a un policía en Doctor Gálvez. Estuve un rato buscando si había algún parte noticioso del asunto, pero no encontré nada. Así que se quedará en simple anécdota.

Conforme me acercaba a Nuevo León, que es la estación que hace conexión con la Línea 2, la unidad comenzó a llenarse a niveles que parecieran ir en contra del principio de exclusión de Pauli, casi con seguridad arriba de los 240 pasajeros que se supone caben ahí. Como resultado, no pude bajar en Nuevo León, sino que tuve que llegar hasta Chilpancingo, bajarme y hacer el transbordo a pie.

De vuelta en Nuevo León (pero en la Línea 2) me quedé esperando 20 minutos antes de que llegara una unidad, atestada, punto en el cual me di por vencido y mejor me salí, de nuevo, y me fui a comer a casa de mi abuela.

Cada vez es más constante escuchar historias de horror asociadas al metrobús, sobretodo si lo usas en horas pico. Las más de las veces, sin embargo, estas historias de horror no tienen que ver con el servicio en sí, sino con los usuarios: por ejemplo, historias de gente que se para en frente de la puerta y se rehúsa a moverse de ahí para que los demás puedan bajar de la unidad; otro ejemplo relacionado: historias de gente que se para en frente de la puerta, se rehúsa a moverse y sale dispara hacia el andén cuando los que están detrás de él pueden más; también, historias de hombres que entran al frente del vagón, exclusivo para mujeres, niños y ancianos. y luego tienen que ser escoltados por la policía para sacarlos; y una más: mujeres con niños pequeños que entran en la parte trasera del vagón y luego riñen al resto de los usuarios.

El hecho de que la parte frontal de la unidad sea exclusiva para ancianos, mujeres y niños me parece una buena idea, sobretodo en horas pico, porque de otra forma las mujeres nunca conseguirían subirse. Lo malo es que hay muchísima gente, de ambos géneros, que no respeta la división. No sólo no la respeta, sino que insulta a cualquiera que le pida que se cambie de lugar, sea otro usuario, el conductor o la propia policía.

Todos los lunes tomo la Línea 3 por las noches, para ir a la colonia Roma. Como muchos usan la línea para ir hasta Tenayuca, en cuanto se abren las puertas en Etiopía todos corren para tomar un asiento. Esto me parece comprensible. Lo que no comprendo es que los que no alcancen lugar se queden parados en la puerta del andén sin moverse y sin dejar pasar a nadie más. De hecho, si les pides permis para pasar se molestan, como si el hecho de que no te moleste ir parado fuese un crimen.

El metrobús es un pedacito fractal de la Ciudad de México, donde todos tenemos prisa en llegar y todos creemos que las leyes no aplican si se trata de nosotros. No sólo las leyes de urbanidad o tránsito, sino también las leyes de Newton, como comprueban las decenas de automovilistas que creen que el Metrobús va a frenar a tiempo si se le atraviesan. Nadie se da cuenta que su propia actitud egoísta, de ser el primero en subir y el primero en bajar de la unidad —y por tanto quedándose siempre pegado a la puerta—, sólo consigue que el servicio sea más lento y frustrante para todos.

Me gusta ponerme a pensar, en términos de organización y lógistica, en cómo se podría mejorar el servicio. Es fácil pensar en que hacen falta más unidades en horas pico, pero ¿quién las va a manejar? ¿que vas a hacer con esas unidades el resto del día? Algunos teorizan que lo que hacen falta simplemente son más líneas, para distribuir mejor la carga de pasajeros.

Con todos sus problemas, el Metrobús sigue siendo una de las maneras más rápidas, seguras y cómodas de viajar en la Ciudad. Pero la falta de unidades y el acomodo de las estaciones es sólo la mitad del problema. La otra mitad somos los usarios, ¿y cómo vamos a arreglar eso?

Nota: Cualquier comentario que incluya las palabras "Ebrard", "Peña Nieto" "Gobierno", "perredista", "Calderón", "burgueses" o "nacos" será borrado en cuanto lo vea, sin importar que tanta gracia me haga.

17 junio 2011

París-Brest de Tanguy Viel

Echaba de menos una novela que se pudiera leer tranquila, sin demasiado esfuerzo, pero que a la vez no fuera una simple caminata en el parque. La respuesta llegó en forma de París-Brest de Tanguy Viel. Viel es famoso (aunque por acá no es muy famoso que digamos) por mezclar tramas de novela negra con la morosidad y la prosa reflexiva de Proust. También se dice que es un multiventas en su tierra y algún crítico exaltado dijo que con esta novela "ha desnudado una parte de la sociedad francesa de provincias." A mi en general la emoción con la que se ha recibido esta novela me parece un poco exagerada.

En lo esencial, París-Brest es la historia de una familia de estafadores, con la diferencia de que ninguno de ellos se asume como tal, sino que se ven como respetables aunque infortunados miembros de la clase media alta de Brest. Hay unas obligatorias comparaciones entre París y Brest y también hay mucho mar y gaviotas, que es como uno que nunca ha estado en Brest se lo imagina. Pero la voz del protagonista es notable en su inquinia (y en ese sentido me recordó a los protagonistas de las novelas de Antonio Ortuño) pero al mismo tiempo la naturalidad de la narración es bastante envidiable. Esa naturalidad hace que la novela sea un goce de leer, pero también te deja la sensación de que Viel se está luciendo por lucirse.

En fin, que quizá este sea el tipo de novelas en las que la emoción desmedida de la crítica les juegue en contra. Pero, en un mundo en el que la mayoría de los autores jóvenes publican sólo buenas intenciones, Viel resalta por la solidez de su prosa, su desenfado en la narración y sí, en su capacidad para mezclar el género negro con el paseo literario.

16 junio 2011

El lector como un animal en extinción, 2


Se puede, porque se puede según me dicen, sobrevivir sin leer. Yo no sé cómo. Los únicos años de mi vida en que no leí (entre los 18 y los 22 o 23) son los peores años de mi vida. Pero, ¿cómo sobrevive un lector?

A propósito de la entrada de ayer, me acordé de persecusiones de libros memorables. En cierta ocasión perseguí un libro de un extremo a otro de la ciudad, desde Ciudad Universitaria hasta Satélite. Manejé durante horas, me perdí y pagué una pequeña fortuna por un libro que, hace unos cinco años, terminé regalando. La chica que en aquel entonces era mi novia me acompañó en todo el camino y de las pocas que recuerdo bien de ese día es que no se la estaba pasando nada bien. También recuerdo como pasé semanas buscando por todos los lugares donde se vendían libros en inglés una copia de Crash de J.G. Ballard (la encontré en el extinto Tower Records de la Zona Rosa).

Hay libros que me tomó años encontrar, como Los tres impostores de Arthur Machen (ahora tengo toda su obra en e-book). Hay libros que perdí más de tres veces antes de acabarlos: Rayuela y A Confederacy of Dunces. Algunos, como Las teorías salvajes, se volvieron una decepción después de tanta búsqueda, y otros fueron caprichos de un momento que se volvieron de los más entrañables, como el Atlas descrito por el cielo de Goran Petrovic.

Trato de pensar en libros que alguien me recomendó y se volvieron importantes. Sólo recuerdo dos, El diccionario jázaro (mucho mejor el libro que quien lo recomendó) y House of Leaves (que me recomendó Amazon). A últimas fechas, selecciono mis nuevas lecturas de entre los blogs literarios que leo, de los libros que recomiendan y de los que escriben esos blogs. En gran parte les debo a ellos que estos últimos años hayan sido de felicidades lectoras.

Pero nada de esto explica, me temo, como sobrevive el lector, como es que no se da por vencido (aunque muchos lo hacen, parece).Hay gente me escribe para que le recomiende una serie de libros o lecturas para empezar su experiencia de lectores. No tengo corazón para decirles que pierden el tiempo, que si no salen buscar esos libros por sí mismos, nunca los van a encontrar. O más bien no tenía el corazón para escribirlo, porque lo acabo de hacer.

La lectura es una actividad elitista. Requiere de tiempo libre, recursos materiales y educación para entender lo que se lee. Sospecho que la de los lectores es una especie distinta al grueso de la especie humana. Que son mutantes, aunque no mutantes como los que salen en X-men, pero mutantes al fin y al cabo. Lo triste, creo, no es que muchos puedan leer y no lo hagan, sino que hay hermanos mutantes allá afuera que sienten que algo les falta y ese algo es un libro y ese libro nunca va a llegar.

15 junio 2011

El lector como animal en extinción


Esto es lo que nuestros vecinos del norte llaman un rant y no hay que leer mucho más que eso en lo que sigue.

Quería leer El mundo de ocho espacios porque lo recomendó Alberto Chimal. Lo pude haber comprado en PDF en 4 USD, pero como leer libros en PDF es una patada en los dientes, salí a buscar el libro a la librería El Sótano en Miguel Ángel de Quevedo. Para los que no viven en la Ciudad de México, en Miguel Ángel de Quevedo están todas las librerías de la Ciudad (que son tres), el Fondo de Cultura Económica, El Sótano y Ghandi. Digo que hay tres y casi no miento. Si eres rico, puedes comprar en El Péndulo o en Conejo Blanco (que no es una librería, sino una boutique de libros). En el resto de la Ciudad sólo hay puntos de venta de libros, y de esos hay muchos, es decir, lugares donde puedes comprar novedades y sólo novedades. Incluso las sucursales de Ghandi y El Sótano venden más discos que libros. Al final, si quieres buenas posiblidades de encontrar lo que buscas, vas a Miguel Ángel de Quevedo. Si no está ahí, no existe.

Ahora, Miguel Ángel de Quevedo está a cuarenta y cinco minutos de mi casa. Hora y media si sumas el paro de los camioneros. Eso es, entonces, tres horas de viaje, hora y media para ir y hora y media para regresar. Me llevo mi Sony Reader, para ir leyendo The Passage de Justin Cronin mientras llego. The Passage me costó 11.99 y lo tenía en mi e-Reader (en EPUB) en 5 minutos.

Para no hacer el cuento más largo de lo que es, en El Sótano no tenían El mundo de ocho espacios, pero había 12 en su sucursal de Coyoacán. No es la primera vez que pasa esto. Al parecer, en la sucursal de Coyoacán no se paran ni las moscas, así que es un buen lugar para ir a buscar los libros que ya están agotados en todas partes. Así que a tomar otro camión, caminar hasta el centro de Coyoacán, perderme (siempre me pierdo en las partes de la Ciudad que no me gustan), pelearme con el hombre de seguridad para no dejar mi eReader en paquetería, porque ya se sabe, las librerías están más preocupadas por que no te robes sus libros que por venderlos, buscar 20 minutos a alguien que pueda buscar en la base de datos el libro, diez minutos para que lo encuentre porque no está donde debería, pagar (eso sí es rápido, no hay nadie en la caja) y enfrentar el embotellamiento de regreso.

En resumen, cuatro horas para comprar un libro. Y tengo suerte, porque podría vivir más lejos (al fin es la ciudad más grande del mundo) o vivir en una ciudad de provincia donde ni siquiera hay librerías.

Exagero. Sé que exagero. Pero vivo en un país donde hay una inútil Ley del Libro diseñada para proteger a librerías que sueñan con ser zapaterías. Donde muchos amigos queridos viajan por todo el país presentando sus libros pero nadie puede comprarlos porque los representantes de las editoriales (las más, del Estado) no llegan, donde a los editores de las grandes casas la única justificación que se les ocurre ante el precio de los libros es que también hay libros de 20 pesos. ¿Así cómo vamos a leer?

08 junio 2011

La juventud y la crítica



Llevo años leyendo, con gusto, el blog de Eduardo Huchín, aunque hasta unas pocas semanas nunca lo había visto. A pesar de ello, me gusta pensar que es mi amigo, al menos tan amigo como puedes ser de alguien porque lo lees con constancia y disfrutas lo que escribe. Me dio mucho gusto ver que había quedado entre los finalistas del concurso de crítica de Letras Libres. Más gusto me dio cuando lo ganó, con esta crítica sobre Decencia, de Álvaro Enrigue. Me gustó mucho la reseña porque resulta bastante complicado escribir una buena reseña, "más amplia de lo que exige el tema, con una posición crítica" cuando te enfrentas a un libro tan malo. Me gustó que encontrara una forma de hablar de algo más interesante a partir de una novela fallida.

No iba a anotar mucho más sobre este asunto porque en teoría lo literario se acaba ahí. Me llamó mucho la atención que Enrigue publicase una nota en El Universal descalificando la reseña antes de que se publicase. Me llamó la atención pero tampoco me extrañó, en parte por las circunstancias que el propio Enrigue describe en su nota y en parte porque los escritores son primero personas y luego escritores (igual que los críticos), con la desventaja de que pertenecen a un gremio en el que el resultado de su trabajo se somete al escrutinio (y escarnio) público que, por razones todavía insondables para mí, ese mismo público no ejerce sobre sus gobernantes —o al menos no todo lo que quisiera.

Que a un escritor que ha publicado en Letras Libres le sorprenda que publiquen una reseña negativa sobre su último libro en dicha publicación habla mucho sobre el tipo de revista que es Letras Libres, pero quizá como nadie esperaba más de dicha revista no se hizo hincapié en este punto. Que en pleno 2011 la nota de Enrigue iba a correr como reguero de pólvora por Internet (el famoso efecto Streisand) e iba a hacer la reseña mucho más notoria y discutida —incluso cuando nadie la había leído— era inevitable.

Thays replicó la polémica en su Moleskine Literario, diciendo "¿Realmente puede salir tan mal? ¿O esta es una nueva reseña-ajuste-de-cuentas de la literatura latinoamericana? Habrá que leer la novela". El problema es que las proposiciones no son exclusivas. Sí puede salir tan mal, sí puede estar bien fundamentada la reseña —que, no olvidemos, se eligió de entre diez en la segunda fase de un concurso— y de todas formas ser un ajuste de cuentas, porque lo primero es literatura, lo segundo crítica literaria y lo tercero política.

Pero, como decía, no iba a comentar más sobre esto, pero una entrada en el blog de La Tempestad, firmada por la redacción, hace hoy eco de esta situación y merece ser comentada a profundidad. Los escritores viven y mueren bajo la premisa de que todo lo que escriban puede ser usado en su contra y esta la nota de la redacción de La Tempestad es muestra de ello. Esto incluye la nota de Enrigue, que apareció en un diario de circulación nacional, pero también la cuenta personal de twitter de Huchín, al igual que comentarios vertidos por terceros, también escritores, en Facebook y Twitter aunque no los citen por su nombre (y se queden en "alguna defensa".)

En primer lugar, dice la nota que la reseña de Huchín "entre otras cosas, confirma la crisis de la crítica literaria mexicana". Esto me parece una exageración. La crítica literaria mexicana pasa por un buen momento, pero como en casi todas las literaturas del mundo, ese buen momento se lo debe a Internet. Creo que ya no es un secreto para nadie que la mejor cobertura literaria en cualquier idioma hoy en día está en línea. Confundir la crítica literaria mexicana con la mediocridad de la crítica en Letras Libres (en el número que aparece la de Huchín, solo valen la pena su reseña y la de Fernando García Ramírez) me parece una hipérbole.

Pero en segundo, y que es en realidad la razón por la que escribo esto, es que la nota dice que:

Es una opinión interesante [la de Álvaro Enrigue], que habla de una peculiar concepción de la literatura, donde la disciplina artística es confundida con una carrera en la que hay parcelas, una casa, vaivenes de políticas editoriales y, sobre todo, jóvenes ambiciosos.
La clave es el adjetivo peculiar. La concepción de la literatura como carrera no me parece que sea peculiar de Enrigue, sino al contrario, me parece una idea bastante extendida. Lo comenté hace ya tres años. Sí, son pocos los canales y es poco el dinero para la producción literaria en México. Sí, eso despierta pasiones tristes. Despierta pasiones tristes porque esos pocos canales y ese poco dinero son indispensables para que el escritor pueda escribir, ya no digamos vivir con dignidad. Pero como ya han señalado otros mucho mejor que yo, la situación se debe en gran parte a que la cultura en México depende totalmente del Estado, que es a la vez el mayor editor y el mayor comprador de libros en el país y compite de manera desleal con los particulares para mantener ese control.

No me parece peculiar pensar que se puede hacer una carrera en un país en el que hay un trámite burocrático con requerimientos claros (tener 35 años, al menos tres libros publicados, premios y crítica sobre tu obra) para obtener el reconocimiento oficial como escritor, beca incluida. Esos tres libros se pueden escribir y publicar con sendas becas para jóvenes creadores auspiciadas por el Estado en lo que llegas a los 35 años reglamentarios. Los premios los proporciona el Estado y las críticas se intercambian con otros jóvenes escritores y se publican en revistas que edita o subsidia el Estado. Lo único que falta en ese sistema son lectores, pero el Estado también puede proporcionar un sustituto en forma de estudiantes acarreados.

Ahora, yo creo que la forma en que un país edita, distribuye, vende y promociona sus libros es determinante en la calidad y cantidad tanto de escritores como de lectores. El sistema mexicano asegura una producción literaria endogámica, en la que se presta poca atención a lo que sucede en el resto del mundo, a las potentes literaturas argentina y española, a las discusiones literarias del mundo anglosajón, donde también se presta poca atención a lo que sucede en el resto de las artes. Acá cabe resaltar que justo una de las pocas publicaciones que se encarga de luchar contra ese proceso, con bastante éxito, es justamente La Tempestad.

Pero por todo lo anterior no estoy de acuerdo en que "nada de esto tiene que ver con la literatura". Tiene que ver todo con la literatura que Letras Libres, una revista con un sesgo ideológico y político claro sea considerada todavía como un referente para medir el nivel de la crítica del país. Tiene todo que ver que sus posibles ajustes de cuentas todavía ameriten una nota. Tiene todo que ver con la literatura que un escritor de la generación de Álvaro Enrigue choque con un escritor de la "generación del temblor" como Eduardo Huchín, porque lo que hay detrás de las pasiones tristes y los exabruptos hay un choque entre la cultura de los medios masivos impresos y sus columnas de opinión y la del escritor joven cuyas herramientas son los blogs, las redes sociales y el Photoshop.

Al contrario, parecería que lo menos importante es lo otro. Decencia es muy mala pero es un tropiezo sin importancia. Nadie le va a quitar su cartilla de escritor al autor de un libro de cuentos tan enorme como Hipotermia, aunque alguna vez también haya sido joven y escrito La muerte de un instalador, libro que no envejece con dignidad, ni aunque esa nota en El Universal no nos deje una buena opinión sobre él. La reseña de Huchín es buena, sí, pero cualquiera que lea sus blogs (en especial su otro blog, que no vinculo porque no quiero problemas con Google) sabe que Eduardo escribe de diario mucho mejor y sobre cosas mucho más interesantes, aunque quizá ahora tendrá más cuidado de lo que escribe en el twitter. Letras Libres es Letras Libres y seguirá usando la literatura para cualquier otra cosa salvo para hablar de literatura, hasta que quiebre o el país se consuma en llamas.

Y también todo esto es literatura, porque como le encantaba decir a Terencio, Homo sum, humani nihil a me alienum puto.

06 junio 2011

Constatación brutal del presente, de Javier Avilés

Escribir sobre Constatación brutal del presente (CBDP), la primera novela de Javier Avilés, es muy difícil. Es difícil porque es una novela sobre el lenguaje, sobre el lenguaje escrito y sobre la narración. Aún más, es una novela sobre la imposibilidad de la narración.

Mi reseña de Constatación brutal del presente ya está en la revista de los campeones, Hermano Cerdo.