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Todo lo que quería saber, lo aprendí jugando Vampire (III).

Todo lo que quería saber, lo aprendí jugando Vampire (III).


III. Una tertulia muy esperada

Las reuniones de los viernes en casa de Agoran para jugar Vampire: The Masquerade se fueron haciendo cada vez más populares. Como un enorme reguero de pólvora (valga el lugar común), la existencia de estas reuniones se iba revelando de boca en boca y cada vez más gente quería asistir. En una ocasión, llegó a haber dieciséis personas acomodadas como se podía en la sala–comedor del departamento de Agoran, todas muy emocionadas con el juego. Al parecer, para un grupo de adolescentes de la escuela preparatoria era mucho más interesante ser un príncipe de los vampiros que ser un príncipe elfo. (Esto sucedía mucho tiempo antes de las películas del Señor de los Anillos.)

Ahora bien, el Vampire que jugábamos en aquel entonces era muy distinto al que se prometía en la contraportada del libro de reglas. Vampire ni siquiera admitía ser un juego de rol, sino “un juego narrativo de horror personal”. Los personajes que poblaban el mundo de Vampire vivían atormentados por la maldición eterna que los obligaba a alimentarse de sangre humana y a no ver nunca más la luz del sol. Eran ricos, hermosos y malditos… en teoría. Las sesiones de los viernes en casa de Agoran eran más cercanas a una película de El Santo, si el Enmascarado de Plata hubiera aparecido en películas de cine gore. Los vampiros a los que interpretábamos, lejos de ser los pálidos y letales seductores de Entrevista con el vampiro eran una suerte de chiflados con superpoderes. A todos nos gustaba así y cada semana regresábamos por más.


El Santo, en cuyo honor quisimos diseñar un juego de rol muchos años después[Tiempo después, inclusó consideramos crear un juego de rol ambientado verdaderamente en las películas de El Santo]

No ayudaba nada a la calidad de nuestras historias el hecho de que nadie se hubiera comprado el manual de reglas. Cada viernes, antes de ir a casa de Agoran, nos reuníamos todos a la salida de la escuela e íbamos juntos hasta la estación del metro Zapata, a Plaza Trico. Ahí, pasábamos un rato a ver los nuevos manuales de juegos de rol a Comic Castle antes de pasar al primer piso, a un local de videojuegos que se llamaba Level One. Cada viernes, el manual de Vampire: The Masquerade nos estaría esperando en su repisa, imposiblemente caro. (Por aquella época hubo una devaluación monetaria terrible en el país, conocida como el “error de diciembre”.) Cuando por fin alguien tuvo suficiente dinero para comprarse el manual que resolvería todas nuestras dudas, decidió invertir mejor en Werewolf: The Apocalypse, un juego similar a Vampire, en el cual los personajes son un grupo hombres–lobo cuya misión es salvar a la tierra de la contaminación ambiental y la corrupción moral que causa la televisión y las bebidas cafeinadas (!). Quizás ahora suene ridículo, pero en aquel entonces nos parecía la cosa más emocionante del mundo.

¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu![Así eran los hombres-lobo de Werewolf: The Apocalype]

Mientras tanto, el último año de la escuela preparatoria se nos escapaba de las manos y pasábamos más y más tiempo pensando que íbamos a hacer con nuestras vidas; más bien, lo que suponíamos que íbamos a hacer con nuestras vidas. Ahora puedo darme cuenta de la cantidad de presión que teníamos encima y por qué tantos años después ninguno de nosotros terminó dedicándose a lo que fuera que había decidido dedicarse en aquel entonces. Teníamos pocas cosas verdaderamente claras en la cabeza, y una de ellas era que cada viernes nos reuníamos en casa de Agoran, olvidábamos por completo quienes éramos en realidad e imaginábamos que éramos vampiros, eternamente jóvenes, eternamente irresponsables, dueños de la noche, mientras que durante el resto de la semana volvíamos a ser una bola de tontos y tímidos estudiantes, que creían saber demasiado bien lo querían hacer dentro de veinte años.

De hecho, cuando alguien finalmente decidió bautizar al grupo, no lo llamo “La Congregación Vampírica”, ni “La Hermandad Secreta de los Caballeros de Tir–Na–Nog”, sino simplemente “La Bola”. Bueno, durante unos meses intentamos llamarnos entre nosotros “La Tropa Loca” pero eso no funcionó. El nombre tuvo tanto éxito que incluso se creó una “Bola Chica”, con todos los muchachos que apenas estaban en primer año de la escuela preparatoria. “La Bola Chica” nació porque ya no cabía más gente en las reuniones de los viernes, así que tuvieron que crear un grupo alterno que se reuniera en otra parte.

Mientras el año escolar seguía su vertiginoso curso, la primera crónica de Vampire llegó a su fin y nos preparamos para una crónica de Werewolf (crónica es el nombre que se le da a una serie de sesiones de rol unidas entre sí). El Narrador, jugador encargado de pensar en el trasfondo de la historia y ser árbitro de las acciones de los personajes, iba a ser Agoran, pero, por alguna razón que no recuerdo, la sesión no fue tan bien como nadie hubiera querido. Así, la labor de pensar en una nueva crónica recayó en mí. Después de reflexionar sesudamente durante tres horas de Cálculo Diferencial, llamé a mi primera historia The Day of the Blind Sun (El día del sol ciego).

La segunda edición del manual, la mejor de todas[El mítico manual de Vampire: The Masquerade]

Ya para aquel entonces, éramos todos los que fuimos y fuimos todos los que estábamos: Agoran, Paco, Jorge, Abraham, Nacho, Alfredo, Arturo y yo. Personas más, personas menos, nos reuníamos cada semana para imaginar que éramos hombres–lobo, aullarle a Luna y salvar a la Tierra. No recuerdo muy bien que es lo que sucedió en esas historias, pero era magia. Ya no eran historias propias del Enmascarado de Plata. Habíamos madurado ese año y nuestra imaginación había madurado con nosotros. Sentíamos una gran afinidad por nuestros personajes, como Greef, un hombre–lobo algo deschavetado que también la hacía de su vengador enmascarado, o Litany, la eterna compañera de Greef y, como suele ser en estos casos, su amor imposible. Otro de los personajes era un magnate del software, otro un peleador callejero, otro más un hombre que tenía la envidiable habilidad de pasar siempre desapercibido.

Pronto la crónica terminó. Sin embargo, todos queríamos más, así que junté todo el dinero que pude y, en uno de los viajes al Comic Castle, me compré por fin el mítico manual de Vampire: The Masquerade. En ese momento no tenía ni la menor idea de todo lo que iba a significar Vampire en mi vida. Mientras nos sentábamos alrededor de la mesa de Agoran y mirábamos las páginas del mítico manual, una sombra larga y densa se cernía sobre nosotros, la sombra desde la que ya nos observaban Amalaric, el último rey de los Godos; Erick Von Krauzen, y Arlette D’Shadille. Nosotros bromeábamos y reíamos, sin darnos cuenta de que el año terminaba y que nos separaríamos cuando comenzara la universidad.

De izquierda a derecha, arriba: Nacho, yo, Agoran, Jorge; abajo: Paco, Francia, Alfredo[La Bola, veinte años después]





Comentarios

Carlos Alberto dijo…
Creo que tu historia muestra algo que murió con nuestra generación... la identidad.

Hoy día he tratado de socializar con chavitos que juegan rol y la verdad resulta dificil encotrar ese elemento que hacia que aunque en la vida te hubiera visto pudiesemos platicar horas y horas compartiendo no sólo el rol sino todo lo que teniamos en común. Un cuate una vez me dijo que a los roleros de verdad nos junta el aire y creo que por eso leí tu blog.

Nosotros vivimos nuestro esplendor como mesa utilizando las instalaciones del Burguer King Zona Rosa (De hecho hasta teníamos slogan, eramos Burguer Kindred: Hamburguesas, Papas y Vampiros) en el ahora lejano y nostalgico año 2000 y posteriormente tuvimos una experiencia medio rara cuando tratamos de reunir a la lista de correo Word Of Darkness... que hoy dia solo sirve para que Pepe Sevilla anuncie porquerias.

Saludos de Sebastian Villanueva, más conocido como Carlos Uribe de este lado de la hoja de personaje.

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