31 julio 2010

Acerca de la lectura



Me preguntaba que habría sido de la Providence de Juan Francisco Ferré seis meses después. Los blogs de ciencia ficción y literatura fantástica la hicieron pomada. Como ya había supuesto en mi larga reseña de la novela, muchos se irían con la finta de la portada, esperando un relato lovecraftiano, pero en vez de eso se toparon con Providence. La lectura más honesta la he encontrado en el blog Fiesta de fantasmas:

Lo siento pero aunque esté bien escrito, tenga un tamaño y unas
referencias teóricas y culturales monumentales, lo que yo busco cuando
leo es entretenerme, meterme en la historia (acabo de oír a Draculina
llamarme clásico ) y en este libro no hay historia. Lo que hay es una
mezcolanza de datos, escenas pornográficas gratuitas, personajes límite y
mucho surrealismo, onirismo, virtualismo, llámalo como quieras (postmodernismo, dice Dracu). Y que encima sea finalista del Premio Herralde ya es la leche: ¿de veras el jurado lo ha leído? ¿entero? No me lo creo.
A ratos yo tampoco me creo que el jurado haya leído el libro entero, pues de ser así, ¿cómo no ganó el premio?.

En Literatura prospectiva son todavía más duros: "Más que una fábula posmoderna, una broma contemporánea". Supongo que la alusión a Infinite Jest es pura coincidencia. En esa misma página, también hay una mucho más mesurada reseña a Los muertos de Jorge Carrión: "Como siempre que una forma es jodidamente novedosa, habrá quienes no
quieran jugar con este nuevo puzzle. No se les puede reprochar, porque
es un puzzle en el que no hay piezas, sino otros puzzles y, por ende,
resulta molesto intentar montarlo con los nuestros." Lo mismo podría decirse de Providence, o de cualquier otra broma contemporánea que "no se sostiene por ningún lado" como bien dice uno de los comentaristas de la reseña del libro de Ferré.

No me extrañan nada esas reacciones. En verdad, la novela no se sostiene por ningún lado. Si alguien llega a Providence buscando una historia robusta, personajes entrañables, atención al detalle, verosimilitud y todas esas cosas que sostienen el proyecto decimonónico de novela, se va a sentir robado. Y es que el gran fracaso del proyecto posmoderno y sus secuelas contemporáneas es que no tiene forma de avisar de su presencia. Providence no puede ser tu primera novela, igual que no lo puede ser El arcoiris de la gravedad o La broma infinita. Pero no hay forma de que esas novelas digan: "mira, hijo, esta es una novela posmoderna, llena de ironías intertextuales y metatextuales, así que para entender bien de que va esto no está de más que te leyeras esta lista de 500 novelas, vieras estas 200 películas, te rompieran el corazón, traicionaras a tu mejor amigo, te unieras al movimiento socialista, te desencantaras con él, lo criticaras... ah, y no olvides tener una cuenta en Facebook". ¿Pero que no es demasiado pedir lo anterior para cualquiera? Lo cierto es que no lo es. La prueba está, por ejemplo, en el alud de críticos que leyeron Providence, la entendieron, les gustó y fundamentaron su gusto con reseñas sólidas. (Curiosamente, son muy pocos los que entendieron Providence y la detestaron.) Leer es tan fácil que hasta un niño puede hacerlo. Leer Providence no lo es.

Lo veo así. Digamos que leer es como jugar bádminton. (Iba a decir que es como jugar tenis, pero yo nunca he jugado tenis y mejor escribir de lo que uno sabe, etc.) Cuando uno empieza a jugar bádminton, mantener el volante en el aire es todo un reto. Pasar el volante (o "gallito") del otro lado de la red es una actividad tan gratificante que nadie piensa en llevar la puntuación, ni en el tamaño del campo. Basta con ver cuanto tiempo podemos durar antes que caiga el volante para divertirnos por horas. Claro, la mayoría de la gente encuentra el juego estúpido y pasa de largo. Cuando empezamos a leer, es lo mismo. No necesitamos demasiado para entretenernos y en realidad no leemos por otra cosa que no sea entretenimiento. No pedimos demasiado de nuestro contrincante, sólo que no tire muy seguido el volante y tenga paciencia para cuando lo tiramos. No nos importa que sea un viejo maestro de técnica impecable (Seda de Baricco o El viejo y la mar de Hemingway) o que su técnica de golpeo sea muy deficiente (Dan Brown, el 90% de la ciencia ficción y la fantasía publicada, J.K. Rowling). Es divertido, gratificante y quizá lo querramos volver a hacer.



Ahora, la cosa es que sí la práctica del bádminton es esporádica o nos interesa en particular, podemos quedarnos en ese nivel toda la vida. Nadie nos quita el ejercicio. Pero si te interesa un poco el deporte, o quieres impresionar a tu chica, o simplemente eres competitivo, súbitamente tienes que aprender una serie de reglas: como se lleva el marcador, dónde debes estar parado. Tienes que aprender un poco de técnicas básicas: cómo moverte en el campo, como hacer un saque, como golpear de derecha o de revés. Algunos estarán dispuestos a enseñarte y a lanzarte el volante con cuidado, pero con fuerza (Jack London, H.G. Wells), otros son malos, pero aún son mejores que tú e intentarán sorprenderte (Hector Aguilar Camín, Isabel Allende), algunos te harán sudar, pero los vencerás con satisfacción (Tolkien, La historia interminable de Ende), y hay algunos harán hasta lo imposible porque odies el bádminton por el resto de tu vida (en lo personal, Azorín y El coronel no tiene quien le escriba).

De nuevo, es muy probable que te quedes en ese nivel por el resto de tu vida. Con la práctica irás mejorando y de pronto tus viejos oponentes (como El código Da Vinci) ya no te dan la misma satisfacción de antes. ¿Qué no quieren jugar en serio? Casi sin querer, empiezas a enfrentarte a oponentes más fuertes y rápidos. No siempre ganas, pero te diviertes, y también tú te haces más rápido y fuerte. Vuelves con algunos de tus primeros maestros, y descubres que no eran tan fáciles de vencer como los recordabas: no habían mostrado toda la potencia de su juego. Entonces te encuentras con un maestro del juego (Borges o Joyce, por ejemplo). Te envalentonas, lo retas a una partida corta, y le ganas. Te duele cada músculo durante una semana, pero le ganas. Entonces le propones un juego completo y te hace pomada. Ni siquiera es gracioso. El volante, que acostumbras ver en el aire flotando, se vuelve un borrón, una bala mortal. ¿Cómo algo tan ligero puede doler tanto cuando te golpea la espalda? Lo peor es que te das cuenta que el maestro ni siquiera está sudando. Se mueve con una gracia que nunca habías visto y tampoco es que tengas mucho tiempo de verla, porque el juego termina tan rápido como empezó.

Acá es donde muchos dirán que no es justo, que jugar así ya no es divertido y que mejor se retiran o se vuelven a jugar con sus viejos compañeros. No es justo porque las técnica de los campeones es demasiado rápida, demasiado extraña y sólo algunos entendidos comprenden lo que pasa. Un juego de profesionales en apariencia no es más que dos locos golpeando el aire con la raqueta. ¿Jugar contra ellos? Impensable. Lo cierto es que para llegar a este nivel se necesita mucha práctica y un esfuerzo extraordinario. Adelante hay dolor y frustración, horas de práctica, la necesidad de buscar un mejor tutor, una raqueta decente, ejercitarse a diario. Afortunadamente, el cerebro humano está mucho mejor preparado para la literatura que el cuerpo humano para el bádminton. Aunque queramos, no todos podemos llegar a ese nivel de bádminton, pero todos podemos llegar a ese nivel en la lectura.

Llegar a ese nivel es muy gratificante —encuentras gran poder y belleza en gestos que antes ni siquiera notabas—, pero tiene sus inconvenientes. De pronto, la gente no entiende que diablos estás haciendo. Al principio lo comprendes, porque estabas en su lugar no hace mucho. Pero conforme la competencia se vuelve más fiera, lo olvidas. Ni siquiera tienes palabras para explicarlo. Los maestros se muestran cada vez más duros (Cervantes, Goethe, Pynchon, Proust, Joyce). El estilo de algunos pareciera inhumano. Te das cuenta de que a este nivel, no sólo se pone en juego el entrenamiento y la técnica, sino que la naturaleza misma del juego se cuestiona en cada golpe. Volver a jugar con algunos de tus primeros contrincantes te parece una verdadera pérdida de tiempo. No puedes dejar de preguntarte por qué ciertos jugadores dicen que están en esta liga porque lo único que hacen es ser bonitos y vender raquetas con su nombre. Antes pensabas que eran buenos, ahora los repudias. Eventualmente, te cruzas con uno de tus viejos amigos, que te pide jugar una partida, y la experiencia no es nada divertida para él. Ni siquiera se despide de ti después de que lo vences. De vez en cuando llega un nuevo jugador a la liga, con una técnica desconcertante y como no sabes que hacer con él —parece que jugara a otra cosa— te rehúsas a retarlo. Algunos pocos se vuelven entrenadores de aquellos que quieren entrar en la liga, pero otros más se concentran en el juego en detrimento de cualquier otra cosa en el mundo.


La gran diferencia —aparte de que cualquiera puede enfrentarse a los maestros de la literatura si se empeña lo suficiente— es que cuando tomas un libro en una librería o una biblioteca no sabes si te vas a encontrar con un gran maestro, con un principiante o con un charlatán. Todos están ahí, revueltos. Y mientras el gran lector puede saber como irá la partida después del primer set —o al menos cree saberlo— el aficionado que a penas puede mantener el volante en el aire no se imagina, siquiera, como es el juego de los profesionales.

29 julio 2010

Leyendo

Después de leer la reseña de James Wood, empecé a leer The Thousand Autumns of Jacob de Zoet de David Mitchell. Curiosamente, no lo leo en la preciosa edición británica que me compré en París, sino en mi e-reader porque la portabilidad vencerá siempre. No es de extrañar que le haya gustado tanto a Wood, la novela parece ser un perfecto manual para enseñar How Fiction Works. También, pasada la tercera página, no se puede soltar.

También acabo de leer una reseña de Dublinesca de Vila-Matas en el blog del crítico Ignacio Sánchez Prado. Es una reseña muy dura, que no voy a comentar porque no he leído el libro, pero me llama la atención el remate: "Seguiremos quizá, padeciendo la marejada de clones malos de Borges (como Goran Petrovic, Milorad Pavic, el peor Bolaño) que siguen pasando por alta literatura en nuestros días."

Es la segunda vez que leo un ataque a Goran Petrović en una reseña de este crítico, sin ningún fundamento y sin que venga al caso. La primera, en una reseña sobre libros de narradores mexicanos nacidos en los setentas y ahora en el último libro de uno de los pináculos de la novela española de cualquier tiempo. ¿A qué se deberán esos ataques que no vienen al caso?

Una última reflexión, algo caprichosa: ¿qué opinaríamos de David Mitchell si lo tradujera Anagrama?

20 julio 2010

Leyendo The Blind Side de Michael Lewis

Al crítico mexicano Rafael Lemus le encanta defender la idea de que la crítica literaria es una forma de creación. Cada vez que leo a James Wood pienso lo mismo. Quizá algunos piensen que odio a Wood por lo que escribo en mis reseñas, pero no es el caso. Lo cierto es que cuando Wood reseña ciertos libros, ya se puede adivinar que tipo de comentarios hará, cuales serán sus reticencias y por que dirá que al fin y al cabo el libro es fallido. Cuando a Wood un libro no le gusta, puede ser mordaz, cruel e incluso un poco infantil. Pero cuando un libro verdaderamente le gusta, como en su reseña de The Thousand Autumns of Jacob de Zoet (comprado en París y en fila de lecturas) el crítico hace que sus palabras brillen. En un buen día, con una buena reseña, Wood no se limita a hablar sobre el libro en cuestión, sino que habla de la literatura contemporánea en general. Y cuando un libro verdaderamente le gusta, como este último de David Mitchell, termina diciendo cosas sobre el espíritu del hombre en sí,  en otras palabras, hace literatura.

Mientras leo The Blind Side me invade una sensación similar a la que me da leer una buena reseña de James Wood. The Blind Side cuenta la historia de Michael Oher, actual tackle ofensivo de los Baltimore Ravens, pero Lewis teje la historia personal de Oher con el desarrollo del juego de futbol americano en los últimos cien años. Lewis hace un examen muy interesante sobre el desarrollo del futbol y presenta algunos puntos bastante polémicos. En su opinión, por ejemplo, Joe Montana no es tan bueno como el resto del mundo piensa que es. Pero no se detiene ahí, y relaciona la forma en que este deporte ha cambiado con asuntos más grandes, digamos, asuntos universales: el miedo, el valor, la fuerza contra el intelecto. Así que si les gustá el futbol americano, creo que no harían mal en leer este libro. Si no les gusta, quizá este libro les ayude a entender por que hay personas a las que nos encanta este deporte–espectáculo.

14 julio 2010

Queridas editoriales:

Quiero que quede constancia de que nuevamente intenté comprar sus e-books, y no me dejaron. ¿exactamente que esperan que haga?

13 julio 2010

La gran estafa

En los próximos días aparecerá en Hermano Cerdo un ensayo de mi sobre los libros electrónicos y los derechos digitales. Espero que sea más o menos objetivo y esclarecedor. Mientras tanto, dejo acá esta nota enojada, quizá exagerada y algo iracunda por lo que se viene. Así que no hagan mucho caso. El motivo de la nota es que en el blog de Ivan Thays aparece la noticia de que la Agencia Schavelzon comercializará las obras de sus autores en el iPad. ¿Suena bien, no? Como dice Ivan Thays "Y es que ¿quién puede resistirse a ser leído en iPad?".

Pero todo esto es parte de un movimiento que puede ser el mayor ataque a la cultura escrita desde el incendio de la biblioteca de Alejandría o algún otro evento terrible de quema de libros. La empresa mexicana Eventage México "subraya que las aplicaciones protegen más los
derechos de autor, ya que no se puede copiar, editar, imprimir ni compartir con otro usuario, pues están diseñadas para descarga únicamente en dispositivos y no en el ordenador." Es decir, que usted no compra un libro, compra el derecho de leer un libro en su iPad (y sólo en su iPad). El día que a Apple se le ocurra, le puede quitar el libro del dispositivo. Si a Apple no le agrada el contenido del libro, simplemente impide que se venda la "aplicación" y nunca va a poder leer ese libro (en su iPad). El día que Eventage México se le ocurra, puede quitar el libro del dispositivo. El día que al gobierno chino, norteamericano o mexicano se le ocurra, por la razón que sea, ordenar el retiro de la aplicación, usted se va a quedar sin libro. El día que decida comprarse una tableta de HP, de Samsung, de cualquiera que no sea la compañía de la manzanita se va a quedar sin libro.

A los escritores, agentes y editoriales los están timando con el argumento de que si no protegen sus libros se los van a robar. Y todos están cayendo como moscas. En primera, porque esas aplicaciones "inviolables", que no se pueden copiar ni alterar no existen y un hacker de medio pelo las puede "liberar" en cinco minutos. En segunda, porque los libros de papel NO TIENEN protección digital alguna y cualquiera que tenga un scanner los puede copiar y distribuir en Internet, en algunos casos con resultados muy superiores a las tullidas aplicaciones "protegidas contra copia". Es decir, que si alguien copiar y distribuir un libro para comercializarlo ilegalmente, lo puede hacer sin sudar ni un poco. Pero el lector de a pie pierde muchos derechos, como el derecho a prestar sus libros, a venderlos, a comprarlos para regalarlos a un amigo, a hacer notas en los márgenes...

Y todas estas compañías que llegan a vender a agentes, escritores y editoriales sus productos que "protegen los derechos de autor", obviamente, no lo hacen por caridad, sino por una buena cantidad de dinero. Te venden el miedo, el miedo a que te vayan a robar tu libro, ese libro que en derechos deja suficiente como para ir a cenar a un restaurante cutre una vez al año, y por miedo a perder la cena, compran el candado. Aunque vaya a incomodar a los pocos lectores que tienen. Aunque les prive de cosas que ayer daban por sentadas. Como parece que nadie entiende como funciona una computadora (y el iPad no es más que una computadora) ellos felices les dan su producto (los libros) y su dinero y les piden que por favor les pongan un candado. Claro que si el día de mañana se pelean con la compañía y quieren irse a otra parte con su producto, se van a encontrar conque tienen que empezar desde cero porque el candado de una compañía no es el mismo que el de la siguiente. Ellos también se privan de cosas que dan por sentado, a cambio de sentirse más seguros, de creer que no los van a robar.

Mientras tanto, pueden decir, "a mi pueden leerme en el iPad".

***

Preámbulo a las instrucciones para comprar un libro para el iPad



Piensa en esto: cuando compras un libro para el iPad te compras un pequeño infierno florido, una manzana plateada, un calabozo de bitios. No te dan el libro, que lo leas feliz y esperamos que te guste porque es de un buen autor; no te dan un montón de palabras que llevarás en la cabeza y pasearás contigo. Te compras —no lo sabes, lo terrible es que no lo sabes—, te compras un permiso frágil y precario para leer esas palabras, algo que en definitiva no es tuyo, que hay que leer en iPad con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te compras la necesidad de cargar la batría del iPad todos los días, la obligación de comprar el nuevo modelo del iPad cuando salga para poder seguir leyendo tu libro; te regalan la obsesión de sólo comprar libros para el iPad, en la iTunes Store, en la tienda de aplicaciones. Te compras el miedo a que te roben el iPad y pierdas todos tus libros, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te compras su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de nunca comprar una computadora que no sea un iPad. No te compras un libro, tú eres el que se vende, te estás vendiendo muy barato por el gusto de comprar un libro para el iPad.


Poetry (DFW, 2)


Is fiction going the way of poetry or no?

I think avant-garde fiction has already gone the way of poetry. And it's become involuted and forgotten the reader. Put it this way, there are a few really good poets who suffered because of the desiccation and involution of poetry, but for the most part I think American poetry has gotten what it's deserved. And, uh, it'll come awake again when poets start speaking to people who have to pay the rent, and fuck the same woman for thirty years. That's off the record: that's really nasty.



—David Foster Wallace entrevistado por David Lipsky en 1996, en Although of Course You End Up Becoming Yourself.

12 julio 2010

Internet (DFW,1)

Because this idea that the Internet's gonna become incredibly democratic? I mean, if you've spent any time on the Web, you know that's not gonna be, because that's completely overwhelming. There are four trillion bits coming at you, 99 percent of them are shit, and it's to much work to do triage to decide.
So it's very clear, very soon there's gonna be an economic niche opening up for gatekeepers. You know? Or, what do you call them, Wells, or various nexes. Not just of interest but of quality. And the things get really interesting. and we will beg for those things to be there. Because otherwise we're gonna spend 95 percent of our time body-surfing through shit. [...]
We absolutely have to give our power away. The Internet is going to be exactly the same way. Unless there are walls and sites nd gatekeepers that say "All right, you want good fiction on the Web? Let us pick it for you."[...] it's gonna take four days to find something good.
[...]
We are gonna beg for it. We are literally gonna pay for it [...] And all of us who grouse, all the anarchists who grouse about power being localized in these media elites, are gonna realize that the actual system dictates that. The same way—I'm absolutely convinced—that the despot in Hobbes is a logical extension of what the State of Nature is.
—David Foster Wallace entrevistado por David Lipsky en 1996, en Although of Course You End Up Becoming Yourself.