13 octubre 2012

12 octubre 2012

Aventuras de la vida digital


Hace casi un año me regalaron un iPhone en mi cumpleaños. Todas las advertencias de Cortázar sobre los relojes aplican para el iPhone, pero al cuadrado. Eso no evito que cuando seis meses después se robaron mi teléfono, no dudara en comprarme uno nuevo.

El iPhone no sólo cambio la forma en que estaba acostumbrado a comunicarme —y me permitió pasar menos tiempo frente a una computadora—; también transformó la forma en que estaba acostumbrado a relacionarme con las computadora.

Después de cuatro años de usar Ubuntu Linux de manera casi exclusiva, mi nueva laptop es una Macbook Air. Quizá lo más curioso de estos últimos cuatro años usando software libre es que me preparó para la Mac como nunca lo hubiera hecho Windows. Casi todas las adiciones del nuevo sistema operativo de Mac, Mountain Lion, ya tenían un año o más de un año en los diferentes escritorios de Linux. La diferencia, por supuesto, es que en Mac funcionan bien. Itunes y la App Store me hubieran parecido un concepto completamente bizarro si no hubiera estado acostumbrado ya al Centro de Software de Ubuntu.

Esta familiaridad, junto con la posibilidad de comprar tarjetas prepagadas de Apple en casi cualquier parte, me empezó a hacer adicto a comprar en sus tiendas. Creo que eso es lo más impresionante sobre el sistema que ha hecho Apple. Si quiero escuchar una canción, en vez de buscarla en Youtube la busco en iTunes y la compro. De hecho, compro canciones que ya tenía sólo por la comodidad de que se descarguen a todos mis dispositivos de Apple (que incluyen también un iPad) sin que tenga que hacer nada más. He comprado programas en la App Store (en las dos, la de iOS y la de Mac) que nunca antes habría comprado. Scrivener es, de hecho, el primer programa por el que pago dinero en una computadora.
En Windows la sequía de programas es muy triste. En Linux casi todo lo que quieres usar existe y lo puedes descargar gratis. Casi todo lo que en Linux es gratuito en Apple cuesta. La diferencia es que casi siempre detrás de ese programa hay un desarrollador muy amable que vive de vender dos o tres programas y que por tanto trata a sus clientes con respeto y velocidad.

No quiero recordar las dos o tres veces que tuve necesitar de interactuar con un desarrollador de software libre.

16 septiembre 2012

Un año en libros

Durante el último año he tenido la suerte de que los libros que leo hacen eco de lo que me pasa, lo anticipan o lo glosan. A causa de esto, me quedan pocas ganas de hablar de libros porque es el equivalente a hablar de mis pequeños y grandes fracasos. No se a qué se deba este fenómeno. Si sucede porque mis experiencias son de alguna forma las experiencias por la que está pasando toda una generación o si más bien he elegido de forma inconsciente libros que me harán reflexionar sobre mi vida.

Ahora pienso que debería leer un libro feliz, que me asombre, porque quisiera una vida feliz y que me asombre. Creo que no estaría mal un poco de asombro, aunque eso no ha faltado el año pasado. Tampoco ha faltado felicidad. También pienso que me gustaría leer un libro que no fuese una novela en clave de mi propia vida. Un libro que me dijera algo pero que no tuviera nada que ver conmigo.

12 septiembre 2012

Cinco preguntas sobre el futuro del libro

Las ponencias y comentarios del Simposio Internacional del Libro electrónico en la Ciudad de México me hacen pensar que la ventana de oportunidad en torno al libro electrónico se está cerrando. O queda sólo una rendija abierta o ya se cerró y no nos hemos dado cuenta.

Me quedan algunas preguntas sobre el futuro más o menos inmediato:

1. ¿Puede una empresa local o regional competir con Amazon?

2. ¿Seguirá siendo necesaria la separación de los derechos de los libros por regiones? ¿Por cuánto tiempo?

3. ¿Qué es exactamente lo que le puede ofrecer a un autor un editor que Amazon no le vaya a poder ofrecer? En otras palabras, cuál va a ser el papel del editor en a mediano plazo.

4. ¿Qué nuevas figuras pueden aparecer o cambiar de funciones para suplir el trabajo del editor?

5. ¿En verdad el libro electrónico hará que el mercado de libros en español se vuelva global?

05 septiembre 2012

Every Love Story Is A Ghost Story, de D.T. Max

Every Love Story Is A Ghost Story, de D.T. Max es la primera biografía publicada del autor de Infinite Jest. El autor demuestra una buena capacidad para investigar y documentar la vida de Wallace. La prosa es irregular, aunque la mayor parte del tiempo es funcional. La historia de Wallace, desde su nacimiento hasta el momento de su muerte, ni más ni menos, es excelente.

Max tiene dos grandes aciertos en este libro:

El primero es no suponer que los lectores conocerán toda la obra de Wallace (aunque dudo que alguien que no sea fan compre esta biografía). Cada libro se presenta con un resumen de su contenido, un análisis de su primera recepción y del contexto literario en el que se creo y publicó. Así, también es una pequeña biografía de los últimos 20 años de la literatura latinoamericana desde el punto de vista de uno de sus creadores. Además, el lector avezado reconocerá los libros páginas antes de que aparezca el título con el que se publicó gracias a los guiños de Max. Es un detalle que agradeceran los conversos y los gentiles pueden ignorar sin perderse de nada.

El segundo acierto, que me parece crucial para el éxito del libro, es la capacidad de D.T Max para no levantar ningún juicio sobre la vida de Wallace. Eso es my bueno porque la figura de Wallace no es nada halagadora: mentiroso compulsivo, misógino, obsesivo e iracundo, el autor de Oblivion podía tomar material para sus historias (anédotas, frases, personajes) sin ninguna contemplación, lo cuál lo lleva a tener problemas legales en más de una ocasión. Su adicción al alcohol y a las drogas, así como su recuperación, recibe el mismo tratamiento. Max se limita a contar lo que sabe (y a contrastarlo con lo que Wallace decía que pasaba). El único momento en el que esta falta de juicio flaquea es cuando intenta dilucidar las razones por las que el escritor deja el Nardil, la droga que mantenía su depresión a raya, meses antes de su suicidio. Sobra decir que no es muy convincente.

Tampoco es muy convincente la postura crítica que toma sobre la obra de Wallace. No estoy muy seguro de que esto se deba a una verdadera inocmprensión. Creo que el biógrafo buscó ante todo ser claro y presentar sólo lo necesario para comprender las relaciones entre la vida de Wallace y su obra. En gran parte, logra ese objetivo. Las conclusiones quedan en mayor parte del lado del lector.

Para el fanático de DFW, este es un libro que hay que leer. Funciona muy bien en conjunto con Although Of Course You End Up Becoming Yourself de David Lipsky, aunque (porque) las divergencias entre lo que Wallace cuenta y lo que en realidad pasó pueden ser a veces escalofriantes.


16 mayo 2012

In Memoriam Carlos Fuentes


Leí a Carlos Fuentes por primera vez en la secundaria. Aura era y creo que todavía es una lectura obligatoria en casi todas las escuelas. Aura debe estar en esa lista corta que encabeza la Biblia, de los libros que más se leen y menos se entienden. Yo tampoco la entendí. Me habría olvidado de Carlos Fuentes por completo si una compañera de la escuela de ingeniería no me hubiera prestado Cambio de piel. Después de esa novela no pude olvidar ni a Fuentes ni a la literatura. Cambio de piel es una novela que releo cada tantos años. Cada vez me parece un libro diferente, pero no me ha dejado nunca indiferente.

Hay libros que lees y libros que te pasan. Carlos Fuentes escribió muchos de los segundos. También escribió libros muy malos. Después de 1978, escribió pocas cosas que valgan la pena. Me quedo con "Chac Mool", con La muerte de Artemio Cruz, con Terra Nostra. Me quedo con algunas partes de La cabeza de la hidra y me quedo con las ganas de que aunque sus últimos libros casi no hay nada rescatable, quizá hubiera tenido tiempo de escribir otra obra maestra.

En 2006, le di la mano a Carlos Fuentes. Le dije "gracias". Me lo encontré en un elevador. Para mi ese fue un momento importante, porque vi que era un hombre de carne y hueso, aunque las cámaras fotográficas nunca puedan captar la profundidad de su mirada, que parecía capaz de absorberlo todo. No supe decirle nada más. Esa es mi anécdota con Carlos Fuentes.

La audacia formal de Fuentes fue lo que me impresionó en mi juventud. Ahora pienso que tuvo suerte de vivir una época en que los libros formalmente arriesgados eran bien recibidos. Pero la ambición de Fuentes nunca fue meramente formal. Como todos los escritores mexicanos que valen la pena, Fuentes era un escritor del género fantástico. Imaginó un país, México, y lo inventó tan bien que su imaginación se fue colando en la realidad. Como en la historia de Borges, el mapa que trazó se extendió sobre mi país. A diferencia de Borges, ese mapa no siempre coincidía con la realidad. Pero cuando no era así, siempre preferimos a Fuentes. Es un trazo que empezó con La región más transparente y que nunca pudo dejar de hacer, incluso cuando ya parecía irrelevante u obsoleto. Sin embargo sigue ahí. Nadie sabe a ciencia cierta que tanto de lo que creemos de México está escrito en piedra y que tanto sólo está escrito en la pluma de Carlos Fuentes.

A algunos esto les molesta. Pero pocos escritores han logrado esta proeza. No creo que sea poca cosa. Lo único que me consuela acerca de su muerte es que ahora que está ausente el hombre, tendrán que interpelar a su obra.

03 mayo 2012

Después de mi muerte, mi mujer se volvió loca y comenzó a demandar a todo el mundo por derechos de autor


(Este cuento apareció originalmente en Guardagujas 41.)


En mi juventud hice un largo viaje por Europa. El poco dinero que llevaba conmigo se acabó en unas cuantas semanas. Viajar por Europa era caro o me lo parecía en aquel momento en que era joven y pobre y no conocía nada del mundo. Para no pasar hambre se me ocurrió intercambiar mis cuentos por comida. Era una idea romántica y desesperada, pero funcionó. También intercambié algunos poemas por vino, aunque nunca me consideré un poeta. Viví dos meses de escribir o, más bien, de las almas caritativas que aceptaron unas cuantas páginas escritas a mano como pago por un pedazo de pan, un queso o en una ocasión memorable un plato de fabada. Era joven, tenía hambre y sólo tenía un cuaderno y una pluma. Así viví dos meses, viajando desde Lisboa hasta Praga y luego de vuelta a Madrid, desde donde llamé a mis padres y les pedí ayuda para comprar un billete de vuelta a América.
No volví a pensar demasiado en ese viaje hasta unas semanas después de mi muerte, cuando mi mujer comenzó a demandar a todo el mundo por derechos de autor. Mis derechos de autor, se entiende, que al momento de mi muerte se habían transferido a ella. Apenas había recibido un homenaje en México a mi trayectoria como novelista, en el cual habían estado presentes mis cenizas. La ceremonia, sencilla, estuvo cargada de sentimiento. Fue a los organizadores del homenaje a los primeros que demandó mi mujer, por haber utilizado frases de mis libros sin su permiso durante el panegírico. Era el comienzo de muchas demandas y de las sospechas públicas en torno a mi muerte.
No tengo bien claro como es que morí. La muerte me llegó por la espalda. El último recuerdo que tengo de mi vida es que lavaba los platos después de la cena. Yo mismo la había preparado: sopa de calabaza, linguini, calamares rellenos. Para chuparse los dedos. Tras la cena discutí con mi mujer, prefiero no decir por qué, llevé los platos a la cocina y comencé a lavarlos. Después dejé de estar vivo. Como ya he dicho, no sé como es que morí. Fue súbito, eso sí, como la sensación que da entrar a un cuarto helado. Un momento estaba vivo y al siguiente no. Por razones que se entenderán muy pronto, creo que la responsable de mi muerte es mi mujer. No podría asegurarlo. ¿Me habrá clavado un cuchillo por la espalda? No, no sería su estilo. ¿Veneno, entonces? ¿Un disparo? No podría descartar esa posibilidad. Todo el mundo sabe —o ya está por enterarse— que mi mujer es una tiradora experta. La enseñó su padre, por su puesto, que es general en el ejército o más bien era general, hasta que el presidente lo llamó a servir al frente de la procuraduría de justicia.
Nuestra boda fue un escándalo. Yo era un joven escritor que había tenido un éxito inusitado con su primera novela. Ella era una de las joyas más brillantes del país según la revista Hola. Hubo muchos habladurías antes de la boda. Eran ciertas. Siete meses después de casados nació nuestro primer hijo, a quién llamamos Ifigenio, en honor a su abuelo el general. Mi esposa se rehusó a darle pecho porque arruinaría su figura, así que contratamos a una nodriza alemana para que se encargara de la tarea. Lo cierto es que sí conservó su figura. No podía quitarle las manos de encima. Un año después nació Babette, nuestra primera hija.
Para sorpresa de todos, pero especialmente mía, las ganancias obtenidas con mi primera novela y la venta de los derechos de traducción me permitían sostener a mi familia con cierta holgura. No obstante, mi suegro sintió la necesidad de conseguirme un buen puesto en el servicio diplomático. Desempeñaba el cargo de agregado cultural en Buenos Aires cuando nació Babette. Vivimos lo suficiente en Argentina como para que Babette se quedara toda su vida con el acento. Sólo volvíamos a México en diciembre, para pasar las fiestas con mis suegros, y cuando tenía que promocionar alguno de mis libros.
Cuando morí estábamos en París. Lavaba los platos tras la cena y después ya no hice nada. Quizá un disparo terminó conmigo. Quizá ese disparo lo hizo mi mujer. ¿Por qué habría de dispararme? Es cierto que durante nuestra vida de casados cometí algunas indiscreciones. En cierta ocasión, incluso, me fugué durante varios meses con una pintora colombiana a Mikonos, hasta que mi suegro el general vino a buscarme. Pero divago. En mi defensa, diré que no hay mucho más que hacer cuando estás muerto que divagar. Nunca esperé que la muerte fuera esto. Más bien, esperaba que no fuera nada. Desde aquí, desde la muerte, puedes verlo todo, puedes escucharlo, puedes saborearlo y sentirlo todo.
Lo primero que vi, tras mi muerte, fue un plato roto. El plato que lavaba antes de morir, que había caído al suelo y se había partido en pedazos. Todavía tenía espuma de jabón. Quizá, en ese momento, detrás de mí, mi mujer dejaba caer al suelo una pistola humeante. No volteé. En primera, porque mi cuerpo ya no era mío. Después de muerto no hay tal cosa como voltear. Era un muerto nuevo, que no sabía como elegir que mirar. En segunda, si la mujer a la que amas, con la que has tenido tres hijos y una vida plena te dispara por la espalda, ¿querrías saberlo?
No siempre fue de esta forma, por supuesto. El primer año de nuestro matrimonio fue difícil, sí. Todas sus amigas le retiraron el habla. Los restaurantes en los que comía habitualmente tenían un súbito sobre cupo cuando nos aparecíamos en la puerta. Aprendimos a estar solos los dos y a disfrutar de nuestra compañía. Nos enamoramos, quizá, en el momento en que ella sostuvo por primera vez al pequeño Ifigenio en sus brazos. Eramos jóvenes y ricos. Teníamos el mundo a nuestros pies. Creo que fuimos felices durante aquellos primeros años, en México y en Buenos Aires. No. No lo creo. Fuimos felices.
¿Y después? Cuando los niños crecieron lo suficiente como para enviarlos a los mejores internados de Estados Unidos o Inglaterra y nos volvimos a quedar solos, no supimos que hacer con esa soledad compartida. Huimos a Barcelona, a Frankfurt, a Madrid, a Viena. Donde sea que hubiera gente y fiestas que nos permitieran evadir el abismo que crecía entre nosotros. Nuestros amigos eran otros escritores, artistas, diplomáticos y sus cónyuges. Luego, esos amigos se volvieron nuestros amantes.
Siempre sospeché que mi amigo Jonathan tenía un largo idilio con ella, un idilio que coincidía con las fechas en las cuales yo debía partir en una gira promocional o despachar mis labores como agregado cultural, pero que terminaba en cuanto yo volvía a casa. Jonathan, por supuesto, había sido el padrino en nuestra boda. Era su amigo, en realidad. Quiero decir que fue él quien me presentó a mi futura esposa, en una galería en Oaxaca. Quizá fuera Jonathan el que tirara el gatillo. Mi mujer le abrió la puerta tras nuestra pelea y él entró sin hacer ruido a la cocina, presionó el cañón contra mi nuca y disparó. O no. No tengo evidencias de que Jonathan me asesinara. Estaba en Roma el día de mi muerte, creo. No tengo evidencia alguna de que me hayan disparado o asesinado. Lo que si sé es que una semana después de mi muerte Jonathan pasó la noche en mi casa, en mi cama, para ser más precisos. Luego ya no salió de ahí.
Pagué esa casa con los derechos para la película de mi última novela. Se estrenará en unos meses, estelarizada por Tom Cruise y Katie Holmes. No me habían invitado a la premiere, pero ahora que estoy muerto podré colarme. No me invitaron porque la noche que conocía los Cruise traté de tocarle los senos a Katie. Mi esposa se moría de ganas de que Tom le tocara los senos, también, pero él sólo intentaba que nos uniéramos a su religión. Era una especie de culto Jedi. No sonaba tan mal, ahora que tengo tiempo para pensarlo. Quizá debía aceptar la invitación. Pero luego yo traté de tocarle los senos a Katie, que se veían deliciosos detrás del escote, y se acabó la fiesta.
No sé por qué lo hice. Me refiero a comprar la casa, no a tocarle los senos a Katie Holmes. Me gustaba nuestro departamento en Trocadéro. Era la envidia de todos nuestros amigos. Supongo que no sabía que hacer con tanto dinero. También, quería dejarle alguna propiedad a cada uno de mis hijos. Para Ifigenio, que ahora estudia cine en Italia, la casa de la Ciudad de México, para Babette, el departamento de Trocadéro. Para Silvia, la casa que ahora comparte Jonathan con mi esposa. Silvia es mi favorita, por cierto. En vida nunca lo habría admitido, pero ahora me da igual. Está en mi testamento, la repartición de bienes. ¿Por eso me habrá matado mi esposa?
Jonathan la asesoraba en cuanto a las demandas, aunque su papel consistía más que nada en apuntar el dedo hacía posibles objetivos de su furia patrimonial. Tras demandar a los organizadores de mi homenaje, demandó también a la televisora que había transmitido el evento por difundir mi imagen. Siguieron un par de críticos literarios que preparaban libros sobre mi obra, un documentalista portugués que preparaba una corto sobre mi viaje juvenil por Europa, y por supuesto, la productora de Tom Cruise, bajo el pretexto de que el material original, mi novela, no era tratado con suficiente respeto.
Por supuesto, las demandas llegaron a todos aquellas personas que tenían en poder aquellos manuscritos con los que pagué mis alimentos en aquel viaje de juventud. Mi mujer contrató a un detective privado para localizarlos a todos, ayudada del material que le había quitado al documentalista portugués. En total, consiguió reunir 10 cuentos y 8 poemas gracias a amenazas y avisos judiciales. Yo no recuerdo cuánto escribí en aquel viaje. Sólo entonces, tantos años después y ya muerto, traté de hacer memoria. No entendía el proceder de mi mujer, quién a los dos meses ya se dejaba ver públicamente con Jonathan, mientras las demandas se multiplicaban, a la vez que algunos valientes periodistas levantaban valerosas dudas acerca de las circunstancias de mi muerte.
Quizá debo aclarar que las acciones de mi mujer, aunque incomprensibles, no me causan demasiada preocupación. Más bien, me intrigan sus motivos. Estoy muerto. Se está aquí bien en la muerte. Una vez muerto puedes hacer lo que quieras sin engordar, sin enfermarte, sin preocuparte por el dinero o la reseña de tu próximo libro en El País. La muerte es, si acaso, una voz que no sabe detenerse. Ya he dicho en varias ocasiones que no quiero saber si mi mujer o su amante me asesinaron. Prefiero pasar toda mi muerte sin saberlo. De todas formas, los periodistas no pudieron indagar demasiado. Ante la serie de demandas que llegaron contra sus personas, sus jefes, sus periódicos, tuvieron que desistir de volver a publicar mi nombre o si quiera sugerirlo. Cuando una ancianita de Toulusse fue llevada presa por rehusarse a entregar uno de mis cuentos a mi mujer, la prensa prefirió no mencionar el evento.
Han aparecido, eso sí, algunos valientes que desde la clandestinidad publican legajos en contra de mi mujer. La acusan de empresaria y mercantilista. Dicen que la mueve la ambición. Yo no estoy tan seguro. A pesar de todo, creo que la mueve el amor, el amor hacía mí o hacia mi recuerdo. La amo, debo confesar, de la forma en que sólo un muerto puede amar a su asesino. No puedo asegurar que me halla asesinado, aunque de cuando en cuando, mientras vago por un museo de noche, me asalta la duda. No dura mucho.
Después de demandar a mi editorial por no promocionar adecuadamente mi obra, fundó una editorial a mi nombre para reeditar toda mi obra, incluyendo esos cuentos y poemas de juventud. Jonathan fue nombrado director de la editorial desde el comienzo. Son unos libros muy hermosos, editados con mucho cuidado. Los títulos de los libros están inscritos con letras de oro, en los cuales puede verse el reflejo de quien los lee. Por supuesto, yo no tengo reflejo. Cuando veo los libros en el aparador de una librería sólo miro la calle, los paseantes, los automóviles. Si es invierno, la nieve.
A ratos siento que me pierdo o me desvanezco. Pueden pasar días enteros sin que tome conciencia de nada. Hasta que de pronto, mi mujer loca, otra demanda o mis nietos que juegan a la ouija frente a mis cenizas me distraen un rato. A veces siento que algo tira de mí, por ejemplo, cuando se organiza un simposio sobre mi obra o cuando alguien llora en un café mientras lee mis escritos.
No extraño en realidad mi fama, ni los homenajes, ni siquiera extraño mucho escribir. Lo que más extraño son sus labios. El tacto y el sabor de sus labios, quiero decir, porque aún puedo verlos cuando atravieso las paredes de mi vieja casa y la observo dormir. También Jonathan está ahí, pero a él no lo observo. Habla dormida, mi mujer, pero nunca escucho lo que dice. Es sólo un susurro. ¿Cuenta el dinero que le han dejado mis libros? ¿Habla conmigo? ¿Me pide perdón por matarme? Pero incluso sus labios sólo me distraen por un momento. Pronto no seré más que polvo. No me preocupa. El polvo es bueno. Me gusta.

28 abril 2012

Promiscuidad literaria



Pasa que te gustan tanto los libros que te vuelves amigo de los escritores. Es como si esa chica tan buena en la calle te gustara tanto que lo más natural fuera irte de copas con su madre. Luego de un par de tragos le explicas con lujo de detalles como la pusiste en la cama, por donde se la metiste, lo bien que la chupó. Hasta la raíz, le dices a la madre. Y te dan las gracias por eso. Pasa que si el libro no te gustó, la madre te escribe ofendida para preguntarte si su hija no está lo suficientemente culona o si necesita apretar más los labios. Los libros se apilan a los lados de tu cama, frente a tu cama, sobre tu cama.

Pasa también que tus amigos te envían los manuscritos de sus libros, como si fueran doncellas vírgenes. Esto lo supongo, porque nunca he estado con una mujer virgen. No sé si habrá en realidad una diferencia. Pero las recibes igual. Les escribes para decirles que su libro será toda una puta, que hará ha muchos hombres y mujeres felices. Quizá sólo necesita ser un poco más animosa o usar menos los dientes. Te sientes orgulloso de haber estado ahí primero que nadie. Al revés, también, si la chica es poco agraciada, no sabes cómo devolverla con su madre sin explicarle que no le has querido quitar la blusa.

Las madres te muestran las fotos de sus hijas con frenillos, en el equipo de fútbol escolar, y te preguntas qué tiene que ver esa niña orejona con la criatura fabulosa que pasó la noche contigo. A veces, también te preguntas de donde sacó la hija esa sonrisa si su madre es insoportable.

No tienes problemas en compartir los libros buenos con tus amigos. Al contrario, quieres que se los lleven a la cama. Que se tomen fotos. ¿Pero cómo, no te la has dado contra la pared? ¡Sí eso era lo mejor! Como a sus madres, te ofende si no se la han pasado bien con ellas. Quizá deberías tratar de nuevo, les dices. Igual es que ya no se te para, argumentas. Lo mejor es cuando después de devolverte el libro, te preguntan si no tendrá una amiga o una prima.

Pasa que los libros no se embarazan, pero si no te cuidas te pueden transmitir enfermedades incurables. Son bastante selectivos, también. Si no estás a la altura, te rechazan. No te dejan meterles ni la puntita. Los lectores, mujeres o hombres, en su mayoría son machos. Van a alegar que el libro es frígido u homosexual. Es difícil vivir con el rechazo de un buen libro. Algunos de los ofendidos llegan al grado de acosar a la madre y escribirle cartas llenas de odio. Tu hija es una puta, les dicen. La madre piensa: pero cómo vas a saber si no te la has podido coger, cabrón.

12 enero 2012

Republic

"Republic", Simon Armitage, The Bayeux Tapestry

On Mondays, red cars only enter town.
This is the system. Though the pollution
the snarl-ups, tailbacks and honking of horns
can be mistaken for revolution.

On Tuesdays, white cars alone hit the road.
Looked at form spy satellites it has snowed.
Tourists take photos of convoys winding
along avenues, thinking them weddings.

Blue Wednesday. Blue like the president's blood.
From the mountains the streets are streams in flood.
Thirty degrees in the shade. Armed police
clamp down on turquoise and aquamarine.

Thursdays and Fridays are lemon and lime
like the shorts and shirts of the national team
and the national sport is the people's game.
Weekends are free. Purple. Coffee and cream.

And the money rolls by in dark limos,
Raybans flash from behind tinted windows,
Bodywork gleams. The metallic black
shines to a depth where all colours shine back.