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La juventud y la crítica



Llevo años leyendo, con gusto, el blog de Eduardo Huchín, aunque hasta unas pocas semanas nunca lo había visto. A pesar de ello, me gusta pensar que es mi amigo, al menos tan amigo como puedes ser de alguien porque lo lees con constancia y disfrutas lo que escribe. Me dio mucho gusto ver que había quedado entre los finalistas del concurso de crítica de Letras Libres. Más gusto me dio cuando lo ganó, con esta crítica sobre Decencia, de Álvaro Enrigue. Me gustó mucho la reseña porque resulta bastante complicado escribir una buena reseña, "más amplia de lo que exige el tema, con una posición crítica" cuando te enfrentas a un libro tan malo. Me gustó que encontrara una forma de hablar de algo más interesante a partir de una novela fallida.

No iba a anotar mucho más sobre este asunto porque en teoría lo literario se acaba ahí. Me llamó mucho la atención que Enrigue publicase una nota en El Universal descalificando la reseña antes de que se publicase. Me llamó la atención pero tampoco me extrañó, en parte por las circunstancias que el propio Enrigue describe en su nota y en parte porque los escritores son primero personas y luego escritores (igual que los críticos), con la desventaja de que pertenecen a un gremio en el que el resultado de su trabajo se somete al escrutinio (y escarnio) público que, por razones todavía insondables para mí, ese mismo público no ejerce sobre sus gobernantes —o al menos no todo lo que quisiera.

Que a un escritor que ha publicado en Letras Libres le sorprenda que publiquen una reseña negativa sobre su último libro en dicha publicación habla mucho sobre el tipo de revista que es Letras Libres, pero quizá como nadie esperaba más de dicha revista no se hizo hincapié en este punto. Que en pleno 2011 la nota de Enrigue iba a correr como reguero de pólvora por Internet (el famoso efecto Streisand) e iba a hacer la reseña mucho más notoria y discutida —incluso cuando nadie la había leído— era inevitable.

Thays replicó la polémica en su Moleskine Literario, diciendo "¿Realmente puede salir tan mal? ¿O esta es una nueva reseña-ajuste-de-cuentas de la literatura latinoamericana? Habrá que leer la novela". El problema es que las proposiciones no son exclusivas. Sí puede salir tan mal, sí puede estar bien fundamentada la reseña —que, no olvidemos, se eligió de entre diez en la segunda fase de un concurso— y de todas formas ser un ajuste de cuentas, porque lo primero es literatura, lo segundo crítica literaria y lo tercero política.

Pero, como decía, no iba a comentar más sobre esto, pero una entrada en el blog de La Tempestad, firmada por la redacción, hace hoy eco de esta situación y merece ser comentada a profundidad. Los escritores viven y mueren bajo la premisa de que todo lo que escriban puede ser usado en su contra y esta la nota de la redacción de La Tempestad es muestra de ello. Esto incluye la nota de Enrigue, que apareció en un diario de circulación nacional, pero también la cuenta personal de twitter de Huchín, al igual que comentarios vertidos por terceros, también escritores, en Facebook y Twitter aunque no los citen por su nombre (y se queden en "alguna defensa".)

En primer lugar, dice la nota que la reseña de Huchín "entre otras cosas, confirma la crisis de la crítica literaria mexicana". Esto me parece una exageración. La crítica literaria mexicana pasa por un buen momento, pero como en casi todas las literaturas del mundo, ese buen momento se lo debe a Internet. Creo que ya no es un secreto para nadie que la mejor cobertura literaria en cualquier idioma hoy en día está en línea. Confundir la crítica literaria mexicana con la mediocridad de la crítica en Letras Libres (en el número que aparece la de Huchín, solo valen la pena su reseña y la de Fernando García Ramírez) me parece una hipérbole.

Pero en segundo, y que es en realidad la razón por la que escribo esto, es que la nota dice que:

Es una opinión interesante [la de Álvaro Enrigue], que habla de una peculiar concepción de la literatura, donde la disciplina artística es confundida con una carrera en la que hay parcelas, una casa, vaivenes de políticas editoriales y, sobre todo, jóvenes ambiciosos.
La clave es el adjetivo peculiar. La concepción de la literatura como carrera no me parece que sea peculiar de Enrigue, sino al contrario, me parece una idea bastante extendida. Lo comenté hace ya tres años. Sí, son pocos los canales y es poco el dinero para la producción literaria en México. Sí, eso despierta pasiones tristes. Despierta pasiones tristes porque esos pocos canales y ese poco dinero son indispensables para que el escritor pueda escribir, ya no digamos vivir con dignidad. Pero como ya han señalado otros mucho mejor que yo, la situación se debe en gran parte a que la cultura en México depende totalmente del Estado, que es a la vez el mayor editor y el mayor comprador de libros en el país y compite de manera desleal con los particulares para mantener ese control.

No me parece peculiar pensar que se puede hacer una carrera en un país en el que hay un trámite burocrático con requerimientos claros (tener 35 años, al menos tres libros publicados, premios y crítica sobre tu obra) para obtener el reconocimiento oficial como escritor, beca incluida. Esos tres libros se pueden escribir y publicar con sendas becas para jóvenes creadores auspiciadas por el Estado en lo que llegas a los 35 años reglamentarios. Los premios los proporciona el Estado y las críticas se intercambian con otros jóvenes escritores y se publican en revistas que edita o subsidia el Estado. Lo único que falta en ese sistema son lectores, pero el Estado también puede proporcionar un sustituto en forma de estudiantes acarreados.

Ahora, yo creo que la forma en que un país edita, distribuye, vende y promociona sus libros es determinante en la calidad y cantidad tanto de escritores como de lectores. El sistema mexicano asegura una producción literaria endogámica, en la que se presta poca atención a lo que sucede en el resto del mundo, a las potentes literaturas argentina y española, a las discusiones literarias del mundo anglosajón, donde también se presta poca atención a lo que sucede en el resto de las artes. Acá cabe resaltar que justo una de las pocas publicaciones que se encarga de luchar contra ese proceso, con bastante éxito, es justamente La Tempestad.

Pero por todo lo anterior no estoy de acuerdo en que "nada de esto tiene que ver con la literatura". Tiene que ver todo con la literatura que Letras Libres, una revista con un sesgo ideológico y político claro sea considerada todavía como un referente para medir el nivel de la crítica del país. Tiene todo que ver que sus posibles ajustes de cuentas todavía ameriten una nota. Tiene todo que ver con la literatura que un escritor de la generación de Álvaro Enrigue choque con un escritor de la "generación del temblor" como Eduardo Huchín, porque lo que hay detrás de las pasiones tristes y los exabruptos hay un choque entre la cultura de los medios masivos impresos y sus columnas de opinión y la del escritor joven cuyas herramientas son los blogs, las redes sociales y el Photoshop.

Al contrario, parecería que lo menos importante es lo otro. Decencia es muy mala pero es un tropiezo sin importancia. Nadie le va a quitar su cartilla de escritor al autor de un libro de cuentos tan enorme como Hipotermia, aunque alguna vez también haya sido joven y escrito La muerte de un instalador, libro que no envejece con dignidad, ni aunque esa nota en El Universal no nos deje una buena opinión sobre él. La reseña de Huchín es buena, sí, pero cualquiera que lea sus blogs (en especial su otro blog, que no vinculo porque no quiero problemas con Google) sabe que Eduardo escribe de diario mucho mejor y sobre cosas mucho más interesantes, aunque quizá ahora tendrá más cuidado de lo que escribe en el twitter. Letras Libres es Letras Libres y seguirá usando la literatura para cualquier otra cosa salvo para hablar de literatura, hasta que quiebre o el país se consuma en llamas.

Y también todo esto es literatura, porque como le encantaba decir a Terencio, Homo sum, humani nihil a me alienum puto.

Comentarios

Eduardo Huchin dijo…
René: yo pensaba que este asunto iba a morir en los primeros días de mayo, cuando la reseña ya estuviera en línea, y cada quien pudiera hacerse una opinión al respecto. Cosa que no ha sucedido, para mi sorpresa (o es que quizás no conozco bien el "medio literario"). Asumo los defectos y aciertos de mi texto, y comparto tu opinión de que el estado de la crítica no debería ponderarse a partir ni de Letras Libres ni de ningún concurso. (Si alguna crisis evidenciaría este premio no es el de la crítica en México sino quizás la crisis de los concursos, o mi crisis económica, culpable de que terminara participando en este concurso).

Por otro lado, gracias por seguir mis blogs (en especial, "ése" que no quieres linkear). Un saludo.
Una crítica que no sea una florilegio de elogios es, eo ipso, una ataque personal que se responde de manera airada en un intento por demostrar, de parte del críticado, que todos los ad hominem se le aplican al aspirante a crítico y que debe ser rechazada toda opinión que de èl venga. Decir que alguièn escribe mal, que no conecta bien las ideas, que deja las cosas inconclusas, que carece de originalidad o de cualquier cosa que sirva al crítico de asidero metodológico se nubla si se rinde ante el de gustibus non est disputandum, que es el baluarte de todos los enemigos de la crítica.

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