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La muerte del cuento, 1 (¿Qué hace a un cuento, 2?)

Esta nota es una respuesta a un comentario de Edilberto Aldán, sobre la idea de la muerte del cuento que mencioné en una nota anterior, aunque la reflexión fue algo que me empezó a dar vueltas en diciembre, tras escribir una nota sobre el ganador del Juan Rulfo de RFI del año pasado, que es a su vez una respuesta a un comentario de Daniel Espartaco en el blog de HermanoCerdo.


1. ¿Que será que se muera el cuento? Los géneros literarios no son para siempre. La poesía épica lleva unos quinientos años de no estar en boga, y el siglo pasado se encargó de asestar la estocada de muerte a la poesía medida. También ha pasado el tiempo del género epistolar, de la novela de folletín y de los sermones. Ya entrados en gastos, la ciencia ficción como subgénero tampoco da muchas señales de vida.

1a. Lo más fácil es decir que ningún género está realmente muerto. Qué todavía se escriben sonetos, que alguien está escribiendo un enorme poema épico justo en este momento, que Los tres mosqueteros no han pasado de moda. Pero la verdad es que, como formato, han perdido toda relevancia cultural estos géneros, a los que pronto se les unirá el cuento. Como modelo, no tienen la fuerza que tiene ahora la novela, el ensayo, el non fiction, cierto periodismo con tintes literarios. (Voy a dejar de lado la poesía culta porque esa requeriría otra nota igual de larga es más como el gato de Schrödinger: no sabremos si está viva o muerta hasta que abramos la caja. ¿Y quién quiere abrirla?)

1b. ¿Quién dicta que han perdido relevancia? ¿Quién eres para decir que el cuento ha muerto? Vamos a zanjar rápido este punto. Nadie, por más credenciales que tenga, te puede venir a decir que el cuento está muerto o que está bien vivo. Aquí lo que cuenta son los argumentos, que sean válidos, convincentes, que tengan la apariencia de verdad. A más no se puede llegar. Si no estás de acuerdo con esto, no tiene caso discutirlo. Porque esa es la idea, discutir sobre la muerte del cuento. El asunto de la relevancia no es un dictado, sino un asunto de percepción, de cómo vemos a nuestra sociedad y el uso o desuso que se le da a un género literario. Podríamos buscar indicadores y plantear fórmulas para medirlo, pero creo que es una trampa sin salida. No obstante, me voy a contradecir y plantear un indicador claro: cuando los lectores de un género, obra o periodo se reducen sólo a los lectores académicos, su objeto de estudio está muerto. Un poco como una lengua muerta, un libro sin lectores es un libro muerto. Y si nadie lee cuentos, fuera de la academia, pasará lo mismo con ese género.

1c. Me doy cuenta de que para que la última afirmación tenga algo de sentido, hay que decir que yo veo la literatura como un proceso. Nunca como algo acabado o estático, sino algo que está en un proceso constante, que empezó con la primera lengua humana y terminará cuando desaparezca el pensamiento en el Universo. Goran Petrović señaló en una ocasión que si separadores de libros no son una marca que indica el lugar donde vamos en la lectura, los grandes libros son los separadores que nos indican el lugar donde vamos en la experiencia humana. Estoy completamente de acuerdo y si tú, estimado lector, no lo estás, no vas a estar mínimamente de acuerdo en lo que sigue.



2. ¿Por qué no hay un sólo género literario? En parte para eludir el tedio, diría yo, para que no sea siempre lo mismo. Pero creo que la esencia de los géneros es esta: cada género funciona para un propósito distinto. Ese propósito puede ser ético, estético, político, social, etc. o una combinación de los anteriores. Esos propósitos no son muy claros de dilucidar siempre, porque no tienen por que ser utilitarios: yo puedo escribir un poema para cambiar una bombilla, o para susurrarlo al oído de mi mujer, o escribir una novela de denuncia, sí, pero también escribimos y leemos por razones que se nos escapan o que a penas atisbamos: ¿qué lleva a un hombre sano a leer Ulises o La broma infinita?

2a. ¿Pero esto iba sobre la muerte del cuento, no? Volvamos para allá, por el camino largo. Durante más tiempo del que vale la pena contar, la literatura tradicional dominó el panorama. La letra escrita sólo toma fuerza definitiva con la llegada de la imprenta. Es un cambió fuerte de paradigma: contra el autor colectivo, las múltiples variantes, la maleabilidad de lo oral, se impone un escrito fijo, más o menos invariable en el tiempo, un autor único y reconocible. Si bien no es posible decir, de ninguna forma, que la literatura tradicional está muerta, su papel está disminuido y transformado. ¿Ya se ve por dónde van los tiros?

2b. El estudioso del cuento Lauro Zavala señala cuatro distintos paradigmas en la escritura del cuento: el cuento clásico, que data aproximadamente de 1842, cuyas figuras icónicas son Poe y Quiroga; el cuento moderno, que va por ahí de 1892, con Chejov como su mejor representante; por último, el cuento posmoderno, que Zavala señala nacido en 1944, con Borges y Carver como los más representativos. El cuarto paradigma que menciona, el hipertexto (con Coover, 1992) es un arenal en el que de momento, prefiero no meterme para no desviar esta nota, pero es claro que veinte años después, como modelo no ha hecho nada digno de escribir a casa, y menos como nueva modalidad de cuento. No es el cuento del siglo XXI.

2c. Lo importante a rescatar aquí es que el cuento, como lo conocemos, es un género bastante joven. ¿Qué acaso no había cuentos antes de 1842? Sí, hombre, había textos que llamábamos o llamamos cuentos, también, pero no es al cuento que nos estamos refiriendo aquí. Ese no es cuento el que se va a morir: ese ya está muerto. El cuento lo mató.

2d. Del nacimiento, auge y decadencia del cuento. Así como la imprenta provocó un cambio brutal en la idea de literatura, la llegada del cuento está relacionada directamente con la Revolución Industrial, específicamente con la posibilidad de producir cantidades masivas de material impreso. El cuento nace de una necesidad específica de llenar un espacio reducido en una publicación periódica. La vida natural de los cuentos es esa: aparecen en periódicos y revistas, que tienen un gran número de lectores, y luego se recopilan en un volumen más o menos coherente. Por lo mismo, desde el inicio el cuento es un género profesional: te pagan por escribir esos cuentos, que van a servir de gancho para vender periódicos y revistas, o al menos le van a dar un valor agregado a sus lectores. (Como dice Benedetti, salvo excepciones, pero esas excepciones son justo eso, excepciones, anomalías.)

Para el lector de cuentos, su lectura también implica un cierto ritmo de vida. Un interés en la materia de los cuentos, sí, pero también en su formato: en comprar revistas con cuentos, en las ventajas que le ofrece su brevedad, en que le brinde un divertimento breve, una sorpresa, una noticia del alma humana.

2e. ¿Todavía existe ese lector de cuentos? Claro que existe. Pero es una especie en extinción. La tecnología que provocó su nacimiento o auge es obsoleta: por un lado la sustituye el radio, el cine, la televisión (que son una vuelta a la oralidad y a lo visual), por otro lado la sustituye Internet. Ninguno de esos medios encuentra en incluir cuentos un valor agregado o un gancho publicitario para sus contenidos. El lector también se ha transformado y ya no tiene tanto interés en leer cuentos. Sí, desaparecen los periódicos y las revistas, pero también los espacios en que se publican esos textos dentro de periódicos y revistas. Las editoriales huyen de los libros de cuentos, porque no se venden tampoco en libro. Y todo esto también conlleva una desprofesionalización del cuentista. Todo le resulta hostil al cuento. ¿A qué se debe esto? No sé. Podemos buscar razones, pero no podemos negar que todas estas son cosas que ya están pasando: o el cuento encuentra una forma de adaptarse a esta nueva realidad o perece. Y todo indica que no se va a adaptar.

2f. Las razones hipotéticas de por qué el mundo actual es hostil al cuento: porque una película proporciona una estructura funcionalmente muy similar al cuento (el divertimento breve, la sorpresa, por ejemplo), pero más cómodo y fácil de asimilar a la mente actual. Porque otros géneros, como la novela o la non fiction se adaptan mucho mejor a estos tiempos y por tanto desplazan en espacios al cuento. No hay, de momento, ningún formato literario o en otro medio que pueda dar cabida a lo que actualmente ofrece una novela. El único contendiente serio de la novela es el serial televisivo, que resulta mucho más caro, complicado y riesgoso de producir. La non fiction es un misterio para mí, no se me ocurren bien a bien razones, pero supongo que su auge tiene que ver con que hace para la realidad lo que la novela hace para la ficción: ningún otro formato puede ofrecer la profundidad, matices y variedad que ofrece la non fiction escrita. (Aldán reclama que non fiction es un término de marketing y no un género literario. Pero el cuento también debe buena parte de su existencia al marketing, y creo que non fiction, de momento, es el mejor término para clasificar a todos esos libros que mezclan ensayo, memorias, crónicas, biografías, estudios, reflexiones, etc.)

También, porque los cuentistas no se enteran que el cuento se muere y siguen escribiendo como si todavía la cosa fuera muy bien.

2e. Porque creo que el cuento no se va a adaptar y morirá: En primera, por la razón hipotética final. Ante una realidad que me parece innegable, que los espacios y los lectores del cuento se reducen, los cuentistas no hacen demasiado. A lo mucho, escriben defensas apasionadas del cuento, para un auditorio vacío, mientras que la única defensa real está en los mismos cuentos: en que sean relevantes para que encuentren lectores. Los editores tampoco o más bien si hacen: evitan editar libros de cuentos. Porque la desprofesionalización del cuentista implica inundar al mercado lector con productos de baja calidad en cualquier sentido. También implica una ausencia de crítica que hace más complicada navegar la oferta. (Si estos dos puntos les suenan, esto le pasó a la fantasía y a la ciencia ficción, lo que le valió un estigma a estos subgéneros por décadas, que a penas empieza a desaparecer.) En segunda, porque creo que el tiempo del cuento ya ha pasado. No tiene ninguna ventaja ante otros géneros literarios que asegure su supervivencia y menos aún ante otras formas de arte o comunicación. Lo que hace 50 años parecía brevedad se vuelve ahora pesadez: una novela, un libro de non fiction, se puede leer a pedazos e interrumpirse a placer, pero un cuento exige una lectura sin distracciones y de corrido. Son más breves la canción, el programa televisivo, el filme, el videojuego y a veces son mucho más atractivos. En muchos casos, cubren la misma función del cuento.

3. Hace un mes, veía en un supermercado un tornamesa precioso. Era el tocadiscos de mis sueños: lector de punta de diamante (que ni siquiera toca el disco, sólo lee ópticamente el zurco), mecanismos de estabilización electrónica, buffer de 20 segundos, eliminación de ruido. Y es que, créalo o no, los tocadiscos de hoy en día han avanzado enormemente su tecnología. ¿Pero quién usa discos de acetato? Los cuentistas de hoy son como ese tornamesas: maestros de una tecnología en decadencia. Vale la pena leerlos, antes de que desaparezcan.

Comentarios

Sí, debo la lista de esos "maestros del siglo XX que nacieron tarde" pero ya es tarde y estoy algo cansado. La agrego en los comentarios y la enlazo después a la nota.
Federico dijo…
Muy interesante el post, aunque al final, por la redacción, se nota que el sueño te estaba ganando.
Creo que el cuento se está transformando, pero no de la manera en que todos esperaríamos, es decir, no se está convirtiendo en un cuento diferente. Más bien, lo que está pasando, es que el cuento está invadiendo otros géneros literarios, como la autoficción, la no ficción y, sobre todo, la novela.
La novela tiende a disgregarse, no es un secreto. La novela, al menos cierta novela, tiende a parecer cada vez más un libro de cuentos. Pienso en Antonio Orejudo, en Manuel Vilas, en Juan Bonilla, en Álvaro Enrigue, en Eduardo Lago, en Vila-Matas, en Marcelo Birmajer.
Esto, desde luego, no es nuevo; puede verse, por mencionar el primer ejemplo que se me viene a la mente, desde la novela episódica, o, en nuestra literatura, desde la Novela de la Revolución, en particular en la obra de Martín Luis Guzmán (no es una casualidad que Luis Leal, estudioso del cuento, haya reparado en el hecho).
En fin. No hay nada nuevo bajo el sol, pero me parece que esta tendencia, de ser una excentricidad, se está generalizando.
Federico, como puedes ver por la hora de publicación, sí, el sueño me iba ganando, ¿pero si no a que hora escribo en el blog?

Los cuentos han invadido la novela, creo, desde el Quijote. Quizá sobrevivan enquistados ahí, porque en la novela parece caber todo y no muere: sólo muta.

Curioso que menciones a Vilas, porque estoy leyendo Aire nuestro justo ahora, y lo disfruto como enano. Pero Vilas niega que lo suyo sean cuentos. Y aprovecho que mencionas a Vila-Matas, a Alvaro Enrigue y a Marcelo Birmajer, porque ellos estarían en mi lista de grandes cuentistas contemporáneos.

Martín Luis Guzmán es un gran escritor que tiene la mala fortuna de ser canónico: por lo mismo, pareciera que nadie lo lee.

Gracias por el comentario y perdón otra vez por la torpeza de la redacción. Piensa en eso de "una generación se leerá antes en borrador" y esas cosas.

Saludos
guillecande dijo…
Acabo de leer la entrada sobre la muerte del cuento. Siento no estar de acuerdo, tal vez es que no quiero que muera y lo defiendo. Que el cuento entra en la novela es cierto, que pierde seguidores, también; pero morir lo veo imposible porque el cuento en su esencia va unido a la esencia del hombre.
Por lo demás darte las gracias por este artículo que me ha parecido muy interesante y muy bien estructurado.
Un saludo desde Barcelona (España)

Amparo Vázquez
Amparo, gracias por comentar.
aldán dijo…
Querido René

Disiento contigo, te dejo unos apuntes rápidos en respuesta en mi blog: http://edilbertoaldan.blogspot.com/2010/03/apuntes-rapidos-sobre-la-no-muerte-del.html
Aldán, te comento directamente en tu entrada.
Federico dijo…
René, gracias por la respuesta; en pocos blogs se toman en serio los comentarios.
Cuando digo que el cuento invade la novela, no me refiero sólo a los cuentos enquistados en ella, sino más bien a las novelas conformadas por entero por cuentos; a novelas que, en el fondo, son libros de cuentos. Un caso paradigmático serían las novelas (o libros de cuentos) de Vilas. Él dice que son novelas, cuando en realidad son libros de cuentos. Naturalmente lo dice como una provocación que ha encontrado eco (supongo que ya conoces estos post, pero paso el link por si a alguien le interesa):

http://elblogdejaviercalvo.blogspot.com/2010/03/refutacion-no-beligerante-del-escritor.html

http://www.elboomeran.com/blog-post/117/3944/edmundo-paz-soldan/la-espana-de-manuel-vilas/

¿Tú qué opinas? ¿Cómo estás leyendo Aire nuestro?

En la misma tónica, me permito recomendarte un excelente libro (¿cuentos o novela?): Tanta gente sola, de Juan Bonilla.
El tema me interesa, de ahí que te pregunte: ¿conoces autores contemporáneos mexicanos o latinoamericanos que estén experimentando con este juego novela-cuento?
Un saludo
Marcel dijo…
René, ¿cómo interpretas entonces que en su antología de la narrativa francesa contemporánea Philippe Ollé-Laprune sólo incluya puros cuentos?
Federico, yo estoy leyendo Aire nuestro de corrido, como si fuese una novela. Y de hecho hasta el momento creo que sí, que sí es una novela... aunque ponerse a discutir el género de una obra me parece bastante aburrido, porque siempre cae uno en academicismos, como menciona Vilas a propósito de la polémica.

Marcel, no sé demasiado sobre literatura francesa contemporánea, con todo y que leo varios blogs literarios en francés, así que no puedo opinar. Habría que leer al menos el prólogo o algo así, para ver por qué incluyo sólo cuentos y de quién.
aldán dijo…
Querido René

Sigo en desacuerdo contigo, al grado que mi disentir se cuela a mi correspondencia personal
http://edilbertoaldan.blogspot.com/2010/04/carta-para-lourdes-en-respuesta-rene.html
Un abrazo
Neftali dijo…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Querido e ingenuo Neftalí:

Ya salió ese argumento a discusión, si sigues toda la polémica. (Y es justo lo que quiero decir, por cierto. Es bueno ver que ha quedado claro.)

Suerte con tu cuento y gracias por comentar
Neftali dijo…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Neftali dijo…
Lo lamento, no me queda claro aún. Ojalá puedas explicarme, si fui yo quien se equivoca y también si ya no se utilizan los acetatos como tú les llamas.
Creo que tampoco se necesita de la suerte para un cuento, sino de otras muchas cosas.
Si yo me equivoqué quiero saber en qué, luego aceptarlo. De antemano te ofrezco disculpas si fuera yo quien se equivoca.
saludos y no hay nada que agradecer, creo que es un tema apasionante.
http://www.youtube.com/watch?v=SQPQBndxiB4
http://www.youtube.com/watch?v=pzananVefh0
Neftalí, ahora nadie sabrá bien de que hablas —se refiere a la comparación entre los discos de acetato y los cuentos—.

Hay un problema de fondo con todas las comparaciones, por más formales que sean, y es que las ideas y conceptos nunca se logran corresponder uno a uno cuando se examinan a profundidad. Quizá sea una obviedad lo anterior, pero no sé si lo sea para todos, así que mejor la pongo antes de seguir. Con esa salvedad, sigo mi punto.

Los DJ profesionales son, como los cuentistas "maestros de una tecnología en decadencia". Ojo, que no todos los DJs profesionales todavía usan tornamesa. Algunos usan tornamesas digitales, otros directamente computadoras y hay por ahí una anécdota de alguno muy famoso que hizo playback en público mientras hacía su declaración de impuestos sin que nadie se diera cuenta. El tornamesa es válido porque todavía no se ha encontrado un sustituto completo, pero el cambio ya se está dando.

Pero voy al punto central: Los discos de acetato hayan dejado de ser de uso popular y su uso se restringe a DJs profesionales, coleccionsitas (que a veces ni los tocan) y nostálgicos. Los cuentos, de manera similar, están saliendo del uso popular y su uso se restringe a la los profesionales del cuento, la Academia y los nostálgicos. (En este último grupo entran aquellos que piensan que el cuento morirá con el alma humana o algo así. Yo, que soy un optimista, creo que alma humana le sobrevivirá al cuento.)

Ese es el primer paso para la muerte de una pieza de tecnología como el acetato, o para un vehículo cultural como el cuento. Claro que si miras el tiempo que ha pasado desde la muerte del acetato, que todavía se utiliza, verás que la muerte del cuento va a ser un periodo igual de lento y agónico.

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